sábado, 2 de febrero de 2013

8.ENTRE BARROTES.



-So-son -empezó a decir tartamudeando y temblando, apunto de llorar-son mis padres. -y una lagrima le mojo la mejilla, y luego otra, y otra, hasta que todo ella eran lágrimas.
¿Qué se suponía que tenía que decirle ahora?
-¿Por qué tienen a mis padres? Ellos no han hecho nada malo –volvió a preguntar.
-No lo sé Annie –fue lo único que conseguí decir. Nos asomamos cuidadosamente por la pequeña ventana que había en la puerta.
El hombre de antes acababa de terminar de enredar en el ordenador y ahora miraba atento a la pantalla. Nosotras dos hicimos lo mismo. Primero había un video de unos científicos trasteando con sus chismes. Luego se veía un bosque, nuestro bosque y más bosques. Ciudades iguales que la nuestra, con gente muerta de hambre tirada por las calles y pequeñas partes con casas de lujo. ¿Qué querían hacerles ver con esto? Que yo supiera los padres de Annie no habían cometido ningún delito. Sé que antes de que la crisis estallase habían sido profesores de universidad. Según mi madre de los más buenos. Pero unos años antes de desaparecer dejaron eso apartado y lo intentaron ocultar, yo no lo entendía, no creo que saber cosas relacionadas con la ciencia sea un delito.
Volví a prestar atención a la sala. Vi como el hombre corpulento empezaba a chillar a los padres de Annie, haciendo que se le tensaran todos los músculos. Presté más atención. Vi como la madre de Annie empezaba a llorar y como su padre hundía la cabeza en sus manos esposadas. Mire a Annie quien miraba horrorizada la escena, pero en su cara había algo más. Volví a dirigir la mirada a la pantalla. Había fotos de Annie, videos de ella; en las minas, con su abuela, conmigo… ¿Qué diablos estaba pasando?
No se cuánto tiempo pasó hasta que se acabó el video. La madre no paraba de llorar y el padre escuchaba atento todo lo que el guardia les decía. De repente se levantaron. Yo me aparte rápidamente de la ventana tirando de Annie, que se había quedado inmóvil.
-Vamos, ven –le susurre, y empecé a correr cogiéndole del brazo. Notaba su dolor. Se dejaba arrastrar como si le hubieran arrebatado el derecho a la vida, como si ya no fuera dueña de su cuerpo y se dejara manejar, como una marioneta.
Justo cuando doblamos la esquina, oímos un portazo.
-Ya sabes lo que tenéis que hacer –dijo una voz fuerte.
-¿Y si no lo hacemos? –pregunto una voz conocida pero ya olvidada. Seguía igual de dura y seria que siempre, al igual que cuando nos reñía porque íbamos al bosque solas, pero tenía una nota de desesperación. Recuerdo cuando me quedaba en casa de Annie a dormir, y él nos contaba historias de cuando era joven.
Una carcajada amarga me devolvió a la realidad.
-Pues si no lo hacéis –dijo vacilante –mataremos a la pequeña zorrita que tanto os echa de menos y a todo el mundo que tenga algo que ver con ella y con vosotros.
La madre de Annie soltó un chillo y comenzó a llorar de nuevo.
-¡Te quieres callar de una puta vez! –le grito bruscamente. –Y venga, tirando joder.
Oí los pasos que se alejaban y me atreví a asomar la cabeza, ya no había nadie.
-Vamos Annie… -le susurre cogiéndole de nuevo de la camiseta.
Tire de ella despacio y la solté. Miré para atrás y la vi quieta, pálida.
-Annie por favor.
-Están vivos… -fue lo único que dijo.
-Annie, ¿quieres hablar con ellos? –le pregunté, ella levanto la cabeza esperanzada y asintió fuertemente. –Pues vamos rápido, y con cuidado. –Le dije, y empecé a andar, cuando me gire vi cómo me seguía y solté un suspiro. No podía tirar de ella todo el rato.
Seguíamos los ruidos de las botas resonando en el suelo, rezando porque no nos vieran, si nos veíamos estábamos perdidas. De repente me vinieron a la mente las palabras de la abuela de Annie;
Cuando caiga la noche
volved rápido al hogar
Si caso no me hacéis,
vuestra vida peligrará.
Camiones con presas
que se disponen a mutilar
si no hacen lo que les ordenarán.
Una niña curiosa no lo podrá evitar
y a ese camión oscuro se acercará.
Noticias de media noche
 solo problemas traerán
a la familia de dos niñas
que quietas se deberían de quedar.
Trague saliva y me obligue a no hacerle caso.
De repente las pisadas pararon. Nos quedamos muy quietas. Oímos el ruido de una puerta abrirse y luego cerrarse de un portazo. Nos acercamos despacio. Asomé la cabeza por una esquina y ahí estaba, una puerta gris, parecía que de hierro. Me acerque, con Annie detrás. Cogí de la manilla y tiré, estaba abierta. La abrí con cuidado y asome la cabeza, pero enseguida la volví a sacar y agarre a Annie del brazo. Corrí lo más rápido que pude, hasta quedar otra vez tras la esquina. En ese preciso momento la puerta se abrió y el hombre pasó de largo, sin vernos. Cuando se hubo alejado volví a acercarme a la puerta, que seguía abierta.
Menudo estúpido –pensé.
Cuando Annie hubo cruzado la puerta la cerré despacio, intentando que no pegara golpe, pero pesaba tanto que me fue imposible. Caminamos por un pequeño pasillo. A los lados había celdas para presos, pero estaban todas vacías. Llegamos a la última y ahí estaban, igual que hacía 5 años, pero más viejos, mas cansados, más desesperados.
Al principio nos miraron con miedo, pero de repente sus caras cambiaron.
-¿Annie? ¿Annie eres tú? –dijo Laia, la madre de Annie.
-Hola mama –le dijo esta con lágrimas en los ojos.
-Cariño –grito ella y se acercó lo más que pudo, pero unos barrotes gordos nos separaban de ellas. Pasó las manos por los barrotes y le cogió las manos, sin parar de acariciarlas y besarlas. –Cariño estas bien. Estas bien… -dijo llorando.
Vi como Jon, el padre, se levantaba lentamente y se acercaba hacia donde estábamos.
-¿eres tú de verdad? –pregunto incrédulo.
-Si papa. Soy yo.
Jon empezó a llorar. Nunca lo había visto llorar, y por lo que intuí Annie tampoco. Metió la mano por los barrotes y empezó a acariciarle la cara.
Laia se acercó a mí.
-Dulce, que mayor estas. Estas muy guapa. –me dijo sonriéndome y apretándome la mano.
-Ojala pudiera decir lo mismo –dije devolviéndole la sonrisa. Ella asintió con tristeza.
 Deje que se “abrazaran” o que por lo menos lo intentaran durante un buen rato. Me gustaba verlos juntos, después de tanto tiempo. Yo también echaba de menos a mi padre.
-Siento  interrumpir –dije odiándome a mí misma por haberlo hecho –pero, ¿Por qué estáis aquí?
Se miraron incomodos durante lo que pareció una eternidad.
- Nos necesitan –dijo al fin Jon. –Es mejor que no lo sepáis…
-Papa, por favor. –Le dijo Annie. Se miraron durante un momento y luego Jon miro a Laia.
-Veréis, esto es bastante complicado de explicar. Puede que no lo entendáis pero…
-Inténtalo –le interrumpí.
-Muy bien –asintió ella suspirando. –Quieren que creemos un antivirus.
-¿Un antivirus? –pregunte extrañada.
-Ya sabéis que éramos científicos, bueno, profesores de ciencias. Nos necesitan para crear un antivirus, según el dictador, es la solución perfecta para todo lo que está ocurriendo.
-Hace unos años –empezó a decir Jon –crearon un virus, un virus mortal que mataría a todo aquel lo oliera, lentamente. Lo que quieren –trago saliva –es el antivirus para así soltar el virus.
No entendía nada ¿un antivirus? ¿un virus?
-Sin el antivirus no lo pueden soltar, porque ellos también morirían –nos explicó Laia. –Lo que quieren es poner en el mercado el antivirus, muy caro. Así solo  sobrevivirían las personas que pudieran pagárselo.
-No lo entiendo –dijo Annie con la voz entrecortada.
-Veras cariño, lo que quieren hacer es librarse de todos los muertos de hambre y que España quede como nueva. ¿Entiendes? Es muy complicado no…
-¡¿No lo haréis verdad?! –grito escandalizada Annie.
-Cariño… -dijo su padre.
-¡No! –gritó de nuevo separándose de ellos.
-Annie, me parece que no tienen alternativa. –le dije intentando calmarla.
-¿Pero qué dices Dulce? ¿Te has vuelto loca? –me dijo gritando.
-Cariño, Dulce tiene razón –dijo Laia.
-¡¿Es que estáis todos locos?!
-¡No Annie, escúchame bien! –le grito su madre – ¡Si no lo hacemos te mataran! ¡Te mataran a ti, a la abuela, a Dulce, y a todo el mundo que signifique algo para nosotros!
Annie se quedó paralizada.
-¿Co-cómo?
-No tenemos elección… -dijo Jon con los ojos llenos de lágrimas de nuevo.
-No, no podéis hacerlo. No podéis –dijo Annie negando con la cabeza.
-¿Qué crees? ¿Qué porque nosotros no lo hagamos no conseguirán a otra persona capaz? Alguien caerá en sus negociaciones cariño. Además, no vamos a permitir que te ocurra nada.
-¡Pero es que me ocurrirá igual! ¡No podremos comprar la cura y en vez de que mueran 7 personas morirán millones!
-Annie tiene razón –dije yo.
-¡Claro que la tengo! ¡Ni se os ocurra hacerlo!
No pudieron contestar, pues oímos el ruido de la puerta cerrarse y un hombre delante de nosotros observando todo. Cuando se acercó un poco más lo reconocí. Era Jake.