domingo, 27 de enero de 2013

7.NO ERES UN SUPERHEROE.




Un guardia rubio que no debía de tener más de 19 años nos indicó el final del turno. Por fin eran las diez. Había sido horrible, agotador y encima no podía parar de pensar en lo que hacía pocas horas había pasado. Annie estaba tan destrozada como yo. No nos había servido de nada ducharnos la noche anterior, pues la suciedad había vuelto.
Nos estiramos y salimos de las minas. Yo no había vuelto a abrir la boca. Estaba en estado de shock. Cada vez que cerraba los ojos me volvía a la mente la cara de ese guardia y notaba sus frías manos sobre mi cuerpo.
-Dulce ¿No vas a decir nada? -me pregunto Annie asustada. Creo que había estado hablando todo el trayecto casa, pero yo no había escuchado nada, lo único en lo que podía pensar era en la imagen de el encima mía y en Jake. ¿Dónde estaría ahora? ¿Cómo había logrado sobrevivir? ¿Por que trabajaba para quien le había intentado quitarle la vida? Tenía tantas preguntas que hacerle y no estaba segura de sí le volvería a ver.
Faltaba poco para llegar a casa, ahora solo pensaba en cómo actuar normal frente a mi madre. No quería que sintiera que nada iba mal. Estaba todo oscuro pero en la oscuridad distinguí un camión enorme con los cristales tintados que paro frente a un edificio gris de la policía. Sin darme casi cuenta ya estaba escondida detrás de un contenedor agachada.
-Dulce tranquila, estos no te van a hacer lo mismo. -me dijo Anni poniéndose a mi lado mientras apoyaba una mano en mi hombro.
Yo le hice un gesto para que se callara y asome la cabeza por un lado.
-Mira. -le dije, y me asombre a mí misma pudiendo articular una palabra. Ella se asombró al igual que yo y se colocó en la misma posición mirando por un lado.
-¿Qué pasa?
-¿No ves a esos guardias? Están sacando a dos personas con unas bolsas.
-Bueno Dulce, serán presos. Vámonos por favor, estoy cansada.
-No se toman tantas molestias cuando transportan a presos.
Continué mirando y vi cómo les metían a empujones dentro del edificio y como ambos guardias miraban a los laterales para asegurarse de que nadie les había visto.
-¿Ves? Esto es muy extraño.
-Bueno, que más dará. Vámonos Dulce. Hace frío.
-¿No te resultaban familiares?
-Pero que dices, si llevaban una bolsa en la cabeza. Anda, vámonos.
Pero no le hice caso y me puse en pie mientras me acercaba lentamente al edificio.
-¡Dulce ven aquí! -me grito Annie medio en un susurro. -¿Cuándo vas a entender que no puedes salvar a todo el mundo? No eres ningún superhéroe, solo eres una niña entrometida que debería estar cuidando de su madre.
Sabía que Annie tenía razón, pero algo dentro de mí me obligaba a seguir adelante. Tenía que saber que estaban tramando. De repente note las manos de alguien en mi espalda. Me di la vuelta asustada y vi a Annie.
-Joder Annie que susto.
-Dulce vámonos, no quiero meterme en problemas. -me dijo con la voz temblando -Dulce por dios, vámonos.
Pero yo ya no le hacía caso, estaba centrada en la puerta de metal que tenía ahora delante de las narices. Cogí la manilla con cuidado, como si pudiera darme un calambrazo, y la abrí lentamente. No pensaba que fuera a estar abierta, pero para mi sorpresa si lo estaba. La abrí casi del todo y antes de meterme mite a Annie.
-¿Entras o te vas? Pero ahí no te quedes. -Ella me miro analizando mis palabras. Sabía que iba a venir. Si había algo que le aterraba era la oscuridad y todavía quedaba un buen camino hasta casa. Soltó un suspiro que me hizo sonreír.
Entramos lentamente, intentando hacer el menor ruido posible.
Avanzamos por pasillos que daban a más pasillos, con puertas todas cerradas a los lados, pero con unos pequeños circulitos que dejaban ver el interior. Todos eran cuartos oscuros.
-¿Era una escuela? -me pregunto Annie. Yo me encogí de hombros.
-Puede ser.
Seguimos andando hasta que oímos voces a lo lejos. Las seguimos lentamente, escondiéndonos por las esquinas. Cada vez las voces eran más fuertes.
-¿Donde está la cinta? -pregunto una voz fuerte.
-Ahora mismo voy señor. -le contesto otra más débil.
-¡Ya debería de estar todo preparado joder! ¡Es de vital importancia que vean la cinta esa! -grito de nuevo la voz fuerte. Giramos una esquina y vimos la silueta de Un hombre ancho y corpulento de espaldas a nosotras. Rápidamente dimos marcha a otras y giramos una esquina, pegando el cuerpo contra la pared y respirando con dificultad. ¿Y si nos había visto?
Oímos pasos rápidos, como si estuviera corriendo alguien. Me acerque al odio de Annie quien estaba temblando.
-Prepárate para correr -le susurre.
Y antes de que pudiéramos echar a correr oímos otra vez la débil voz.
-Aquí esta señor. -le dijo con la voz acelerada, como si hubiera corrido una maratón. Yo me relaje.
-Bien, ahora vete al camión y espérame con el motor encendido, ¿Entendido?
-Sí señor.
Después escuchamos unos pasos y un portazo. Trague saliva y asome la cabeza por la pared. Ya no había nadie. Alargue el brazo para tocar a Annie y sin mirarla empecé a avanzar.
-Vamos. -le dije susurrando.
-¿Estás loca? Vámonos a casa Dulce. Te lo pido por favor.
No le hice caso y seguí avanzando. Segundos después escuche como Annie me seguía.
Llegamos a la puerta donde antes estaba el hombre corpulento y me asome por la ventana. Busque con la mirada. Una sala como las anteriores, con las luces encendidas. Unas sillas y encima de ellas sentados un hombre y una mujer. Una pantalla y al lado un ordenador, donde el hombre corpulento metía un disco. Me asome un poco más, en el preciso momento en el que la mujer giro la cabeza hacia mí. Se me helo la sangre. Oh oh...
Me eche a un lado y mire a Annie, que parecía tan frágil, apoyada contra la pared mirando a la nada.
-Será mejor que nos vayamos. - le dije dándome la vuelta.
-¿Ahora sí? ¿Que había ahí? -me pregunto intentando asomarse a la puerta.
-Nada. -le conteste poniéndome delante de ella evitando que pudiera asomar la cabeza.
-Quita Dulce ¿Tu puedes verlo y yo no? Además ¿A qué viene esa cara? Parece como si hubieras visto un muerto.
Me aparto de un empujón y se asomó. Cuando se giró y me miro a la cara vi sus ojos llenos de miedo y vidriosos, como su fuera a echarse a llorar en cualquier momento.
-So-son -empezó a decir tartamudeando y temblando, apunto de llorar-son mis padres. -y una lagrima le mojo la mejilla, y luego otra, y otra, hasta que todo ella eran lágrimas.

martes, 22 de enero de 2013

6. DOLOR Y ALIVIO.



Me desperté sobresaltada, sudando y con la respiración agitada, por lo que recuerdo, las pesadillas me habían acompañado esta noche.
Me estiré debajo de las sabanas y cuando me di la vuelta vi a Iban, dormido tranquilamente. Miré el pequeño reloj que descansaba sobre su mesilla; 5:20. Me había despertado 10 minutos antes de lo que tardaría el despertador en sonar, lo cogí en mis manos y trastee hasta apagarlo para no despertar a Iban, hoy tendría clase. Una oleada de envidia me golpeo. Por un momento pensé en no ir hoy a las minas y colarme en el colegio, pero enseguida aparte esa opción de mi cabeza y me sentí avergonzada por haberlo pensado.
-Tienes a una madre paralitica a tu cuidado y piensas en estudiar, déjate de tonterías Dulce, ¿para qué te va a servir? - me dije a mi misma.
Me levanté de la cama, y maldecí por lo bajo al acordarme de que en esta casa no tenía ni las botas ni el mono para las minas, luego recordé la caja a la entrada de estas con monos y botas mugrientos para los que no poseían unas o se les habían olvidado, no creía que nunca los hubieran lavado y además como no llegaras de los primeros te quedabas sin ellos, y bajar a las minas con ropa normal y zapatos –o descalzo, por desgracia- no era una buena opción.
Mientras salía de la habitación una imagen de Jake sonriendo me hico sentir un escalofrío. Me obligue a dejar de pensar en él, sin mucho existo. Nadie conocía nuestra historia salvo Iban. Solo quedaba constancia de ella en mi cerebro y en los papeles robados que descansaban otra vez debajo de mi camiseta. 
-Vamos Annie despierta, tenemos que conseguir botas y mono antes de que se acaben –le dije mientras le agitaba en la cama intentando no despertar a su abuela. Ella soltó un gruñido extraño y abrió los ojos de golpe, al ver que era yo los volvió a cerrar y se dio la vuelta. Yo reprimí una risa y me tumbe encima de ella echando todo mi peso sobre ella.
-¡Mmmmmmh! –se quejó ella intentando quitarme de encima pero al no conseguirlo se rindió y se levantó. -¿Qué hora es? –me preguntó adormecida y enfadada, yo no pude evitar soltar una carcajada.
-Tranquila, si salimos ya nos da tiempo.
Ella asintió.
Cuando estábamos a punto de salir por la puerta intentando hacer el menor ruido posible un ruido en la cocina nos detuvo.
-¿Eh a dónde vais? –preguntó Azucena saliendo a tropezones de la cocina con un plato lleno de galletas en las manos. –Primero a desayunar.
Cuando hubimos desayunado –la comida más satisfactoria que he comido en mi vida –y después de que nos estrangulara abrazándonos salimos de la casa.
-Es maja. –Le dije a Annie una vez estuvimos fuera.
-¿Maja? Esta mujer es un amor. –Dijo ella sonriendo al sol, que hoy había salido fuerte para alegría de los pájaros, quienes entonaban canciones preciosas que hacían que por un momento olvidaras donde vivías.
-Tiene algo raro… -Dije yo bajito.
-¿Algo raro? Nos cuida como si sería nuestra madre, ¡Que digo! Mucho mejor.
-Por eso mismo tiene algo raro… nadie nunca nos ha tratado tan bien, además…
-¿Qué pasa Dulce? –me dijo Annie parándose en seco.
Yo me paré también y le sostuve la mirada para luego volver la cabeza y mirar a la casa, no sé si fueron mis imaginaciones pero vi como alguien cerraba las cortinas de sopetón, como si le hubiera pillado haciendo algo malo. Volví a mirar a Annie, quien me miraba sin entender nada.
-No se… creo que intentaba distraernos, hacer que llegáramos tarde a propósito.
-¿Pero qué dices? ¿Por qué iba a hacer algo así? –me contestó ella horrorizada.
-¿Y tú porque la defiendes? Annie, la acabamos de conocer, no es tu madre. Es una desconocida de lo más extraña que nos deja ducharnos, comer en su casa y dormir en sus cómodas camas. Algo va mal, estoy segura.
-Tú y tus comeduras de cabeza –dijo Annie negando con la cabeza. –Igual solamente es una mujer que entiende nuestro dolor y quiere que vivamos mejor de lo que vivimos.
-Será eso. –Dije, pero en realidad no lo creía, pero no quería seguir discutiendo con Annie. Ella necesitaba una madre, y Azucena se había comportado más como una en un día que su abuela en toda su vida.
Seguimos el camino y cuando no llevábamos ni la mitad escuchamos una bocina que anunciaba el primer turno. Annie y yo nos quedamos paralizadas un momento y luego echamos a correr.
-Mierda, mierda, mierda –repetía Annie una y otra vez.
Yo no podía hablar, estaba demasiado asustada. Todavía nos quedaban 20 minutos que caminar y normalmente a las personas que llegaban tarde no les iba muy bien… tenías suerte si solo te alargaban el turno. Muchas veces habían azotado fuertemente y humillado públicamente a los tardones.
Corrimos lo más rápido que nuestras piernas nos lo permitieron y después de un cuarto de hora más o menos llegamos. Estábamos aterrorizadas, temblando, sudando y esperando lo peor. Un guardia –el mismo de la tarta de cumpleaños del otro día –nos vio y se acercó ferozmente a nosotras.
-¿En qué turno estáis? –Dijo seriamente cuando llego a nuestra altura.
Intente que no me temblara la voz, pero a causa de la corrida y del miedo que me corría por la sangre no lo conseguí.
-E-en- el B –dije.
Annie me miró horrorizada y yo intenté calmarla con la mirada, pero no podía, estaba demasiado asustada.
-¿Sabéis que llegáis 20 minutos tarde? –Dijo el guardia serió, pero noté un cierto grado de diversión en la voz.
-Maldito hijo de puta –pensé -¿Cómo puede divertirte esto?
-Sí. –Dijo Annie a quien las lágrimas ya le habían inundado los ojos. –Lo sentimos mucho señor, hemos venido corriendo pero… pero no ha sido suficiente. Lo siento, lo siento, lo siento. –Repitió mientras lloraba desconsoladamente y luego se tiró de rodillas en el suelo apoyando la cabeza en ambas manos.
El guardia sonrió fríamente y me dieron ganas de matarlo, de ahorcarlo y de torturarlo.
Aparto la mirada de Annie quien no podía parar de llorar y la clavo en mí.
-¿Tu porque no lloras? –me dijo acusándome con un dedo.
Con solo ese gesto consiguió transformar todo el miedo que sentía por rabia.
-¿Y porque ella está llorando? –le dije sin dejar de mirarle a los ojos. Él se desconcertó un momento y luego soltó una carcajada.
-Túmbate en el suelo y suplícame que no te azote porque si no lo haré, y con mucho gusto.
No le hice caso. Me quedé de pie, retándole con la mirada, sabía que tumbarme solo serviría para humillarme más y no evitaría que me azotara y torturara.
-¿Qué pasa es que no me has oído? –me gritó. Vi como un par de guardias a lo lejos se giraban y luego seguían a lo suyo.
-¡Túmbate por el amor de dios Dulce! –me gritó Annie desde el suelo, yo no le miré, no quería ver todo el terror de sus ojos, lo podía notar desde aquí.
-Nos va a azotar de todas maneras ¿es que no lo ves? –le dije a Annie manteniendo la mirada a ese horrible hombre que ahora sonreía. Sabía que retándolo de esta manera podía conseguir que Annie se salvara del castigo y que solo me pegara a mí, los guardias son demasiado orgullosos.
-Levántate del suelo. –Le dijo a Annie y esta obedeció de inmediato. –Vete dentro de la mina y hoy trabajarás hasta el último turno con solo un descanso.
Annie soltó un grito ahogado de horror.
-Per-pero señor, eso es hasta las 10 de la noche…
Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.
-¡Que te metas te he dicho! –le gritó de nuevo.
Annie palideció y se fue corriendo, yo le seguí con la mirada para que ningún otro guardia la detuviera, cuando vi que se había metido sana y salva volví a mirar a aquel hombre. Creía recordar que se llamaba Rayan. Era muy conocido por su gusto por adolescentes. Al pensar en eso el estómago se me encogió. ¿Qué diablos había hecho? Puede que los guardias no fueran los únicos con demasiado orgullo.
-Veamos… ¿Qué vamos a hacer contigo? –dijo mientras daba vueltas a mi alrededor, luego se colocó detrás de mí y me apartó el pelo de la espalda colocándolo a un lado. Un escalofrió me recorrió la columna. –Esta muy limpia ¿sabías? Puede que demasiado… bueno, mejor para mí -Su voz ronca le delató y a mí me dieron ganas de pegarle una patada en las pelotas y salir corriendo de allí, y eso hice.
No me giré para mirarle pues sabía que debía de estar tumbado en el suelo, pero si vi como los dos guardias de antes se dirigían hacia mí con sus armas al hombro. Corrí tan deprisa que no notaba las piernas. No sabía a donde dirigirme. Estaba tan asustada, tan alterada que no me di cuenta de que un tronco yacía en el suelo hasta que me tropecé con él y caí de bruces en el suelo. Intenté levantarme, pero unas pesadas botas en mi espalda me lo impidieron, mierda, era demasiado tarde, ahora sí que la había cagado.
Una fría mano me sujeto del brazo y me levantó bruscamente, yo me deje y me sostuve en las piernas temblorosas. A lo lejos vi como el mismo guardia al que había pegado semejante patada se levantaba y se dirigía a mi furioso. Cuando llegó a mi altura dos hombres me sujetaban cada uno de un brazo, intentando que me fuera imposible la huida y que me callera al suelo.
-Pedazo de zorra. –Dijo, lo que provocó risas en uno de los guardias, el otro me miraba fijamente, parecía… ¿preocupado? No, lo dudo. –Dejármela a mí. –Dijo hablando con los dos guardias.
 El de la derecha me soltó y cuando apoye la pierna un terrible dolor se apodero de ella. Rayan soltó una carcajada amarga, que enseguida silenció.
-¿Es que no me has oído? ¡Que yo me encargo! –le gritó al guardia que seguía sosteniéndome. Noté como se ponía rígido y le miré a la cara.
Era rubio, tenía los ojos grises y la mandíbula apretada, no debía tener más de 25 años, era bastante atractivo, pero el hecho de que fuera un guardia le quitaba todo el encanto que podría tener.
-¿Qué va a hacer con ella?
Rayan volvió a soltar otra carcajada más sonora que la anterior.
-¿Qué pasa Carlos, es que te da pena? ¿Es que no has visto que me ha hecho? Esta puta necesita un escarmiento.
-Señor, con el debido respeto, es una cría, creo que lo que tiene en mente no es lo más conveniente.
-¿Me vas a decir tu a mí lo que es conveniente? Fuera. Ahora.
-No tendrá más de 16 años.
-Más diversión.
-Señor...
-¡Que te vayas joder si no quieres que te pegue un tiro ahora mismo!
Carlos agarro más fuerte mi brazo. ¿Por qué me resultaba tan familiar este hombre?
-Creo que tendrá que pegarme un tiro. –Le dijo poniéndose tenso.
Rayan volvió a reír.
-¿Qué pasa que quieres tenerla toda para ti? Mira, después de desahogarme yo te la dejo a ti, no hay ningún problema, pero ahora, fuera.
-No.
El gesto de Rayan cambió por completo. Ahora estaba más enfadado todavía. Se acercó amenazante hacia él. Giré la cabeza y volví a prestar toda mi atención en el rostro de ese hombre. Tenía los ojos grises pero no parecían naturales, me fije más en ellos y vi como un plástico rodeaba su ojo. Extrañada me fije en su pelo rubio y vi como tenía unas raíces morenas, invisibles a primera vista. Su piel estaba bronceada ligeramente y tenía el tronco ancho.
-Que te vayas. –Volvió a amenazarle Rayan y subió su pistola hasta quedar apuntando a su cabeza.
En ese momento algo en mi cabeza se activó y contuve un chillido. Ese hombre que me defendía era el mismo muchacho que me robo mi primer beso. Era Jake.
Volví a mirar a Rayan quien estaba a punto de apretar el gatillo y otra vez a Carlos-Jake quien le miraba fijamente.
-¡No! –grité soltándome del brazo de Jake y moviendo de un golpe la pistola de Rayan, apretó el gatillo pero por suerte era tarde y el disparó se perdió entre la maleza del bosque, a pocos pasos de aquí. Rayan me miró furioso y volvió a apuntar con el arma. -¡No! Iré contigo. Iré contigo pero no le hagas nada.
Rayan bajo el arma y me miró con una sonrisa triunfal, me agarro del brazo acercándome más a él y luego miró a Jake quien estaba confundido y alterado.
-Tú y yo hablaremos más tarde. –Le dijo escupiendo las palabras.
Me llevo con paso rápido –lo más rápido que mi pierna me lo permitió –a una cabaña que olía a humo y a café.
Sentía miedo por lo que este hombre pudiera hacerme pero también sentía  una sensación extraña que apartaba todo lo demás. Jake estaba vivo. Estaba vivo y se acordaba de mí.
Un fuerte golpe me saco de mis pensamientos. Era Rayan que había cerrado la puerta de un portazo.
-Bien, bien, bien, bien. Por fin solos. –Dijo acercándose lentamente a mí, yo como acto reflejo me eché lo más que pude para atrás hasta que me choque contra la pared. –No sé qué mosca le ha picado a ese subnormal, pero se va a cagar.
-¡No! No le hagas nada por favor. –No quería llorar, peor se me hacía muy difícil contener las lágrimas. No podía volver a perderle.
Se quedó un rato quieto, pensativo.
-Bueno, no sé por qué tanto drama pero me da igual. Si no quieres que le haga nada vas a hacer todo lo que te pida siempre que te lo pida ¿entendido?
Yo asentí con la cabeza.
-Primero ¿Cómo te llamas?
-Dulce.
-Mmh… me gusta ese nombre –dijo y se acercó hasta quedar casi pegado a mí.
-¿Cuántos años tienes Dulce?
-Dieciséis.
Dio un pasito más. Ahora su aliento se juntaba con el mío. Esbozo una sonrisa.
-Genial… -susurro. –Dulce, de dieciséis años, ahora eres mía.
Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. El colocó ambos brazos al lado de mi cabeza y su acercó a mi cuello. Empezó a succionar mientras yo rezaba porque un meteorito callera en la tierra o pasara algo que detuviera el tiempo.
-Vamos… dame un poco de juego preciosa… -susurro contra mi cuello. Yo no sabía qué hacer, estaba paralizada del miedo, entonces se separó bruscamente de mí.
-¡Que me toques o mato a ese rubio hijo de puta y a tu amiga la pequeña zorra!
Acto reflejo estiré los brazos y empecé a masajear sus abdominales, el cambió otra vez la cara.
-Muy bien. Ahora quítame los pantalones.
-¿Qué? No, no…
-¡Que me los quites!
Desabroche el botón de los pantalones y baje la bragueta, el empezó a moverse y cayeron hasta el suelo. Luego empezó a acariciarme los muslos y me dio la vuelta apretándome contra la pared.
 Mentiría si dijera que no sentí ganas de llorar, de gritar, de pedir auxilio, de pedirle a alguien que me ayudara. Pero fue inútil. Las lágrimas no salían, y nadie me oía. Rayan, cansado de oírme gritar me giro, dejándome cara a cara con él, con el que desde entonces iba a ser el protagonista en mis peores pesadillas. Me tapó la boca con una mano, haciendo demasiada fuerza, mientras con la otra manoseaba todo mi cuerpo.
-Estate calladita, gritar no está dentro del trato, bueno… todavía no. –Dijo y empezó a reírse.
Sentía ganas de vomitar, de llorar, pero lo que más sentía era miedo por lo que ese cabrón pudiera hacerme. No tenía fuerza para desprenderme de él, no podía pedir auxilio porque su mano no me dejaba. ¿Dónde estaba ahora Jake? ¿Por qué piensas ahora en Jake, Dulce? Tú le alejaste de este monstro, está mejor fuera de todo esto.
Sus manos sobre la cremallera del vestido de la hermana de iban me hicieron reaccionar, la estaba bajando, bueno, bajar no era la palabra, lo que estaba haciendo era romper el vestido entero. Después de terminar de romperlo se bajó los calzoncillos y me dirigió otra sonrisa peor que las demás.
Lo demás ya os lo podéis imaginar.
No miento cuando digo que el peor momento de toda mi vida. No miento cuando digo, que ahora, después de tanto tiempo, sigo sintiendo sus manos frías encima de mí. Sigo sintiendo ese dolor desgarrador en mis peores pesadillas, es algo que nunca podré olvidar, que siempre me acompañara.
Cuando hubo terminado me tiró al suelo. Yo no podía moverme, no podía pensar, solo llorar. Los gritos ya no salían de mi garganta.
El desapareció, sin decir nada, sin hacer nada más, solo se subió los pantalones y se esfumo, pero antes me dedico una sonrisa cruel, llena de maldad, llena de odio y de orgullo ¿Orgullo? Como podía sentir orgullo. Era un monstruo, todos los guardias lo eran, pero el más ¿Cómo era capaz de hacer eso y luego marcharse, sin más?  Me había quitado la virginidad forzándome a ello y luego me había sonreído con un aire de superioridad que hizo que llorara más. Siempre tendré grabada esa sonrisa en mi mente.
Es verdad cuando mi madre decía que las personas malas nunca sufren.
Y con ese pensamiento en la cabeza me estruje las rodillas, las acerque a mi cuerpo y llore, llore más aún de lo que había llorado antes, grité, grité como nunca había gritado.
A la media hora más o menos otro guardia apareció, era el otro que me había detenido. Me tiró un mono a los pies y no aparto la mirada de mí hasta que me lo hube colocado, luego sonrió y me abrió la puerta para que saliera.
-Que ¿te ha gustado verdad? A todas les gusta. –Me dijo cuando pase a su lado.
Me negaba a hablar, bueno, aunque lo hubiera intentado tampoco habría podido. Me llevo hasta las minas y me dejo donde Annie trabajaba sin parar.
-Hasta las diez. –Dijo sonriéndonos con un tono burlón. –Ah tú, la castaña. –Me llamo –Dice Rayan que todavía no ha acabado contigo, que no olvides vuestro trato.
Las piernas me fallaron y caí al suelo sobre mis rodillas. ¿Es que iba a tener que soportar esto más veces? Cuando el guardia se hubo marchado Annie soltó la pala y se acercó a mí corriendo.
-¿Qué ha pasado Dulce? ¿Qué te ha hecho?
Yo negué con la cabeza pero empecé a llorar otra vez.
Ella se arrodillo en frente de mí.
-¿No te habrá… -no pudo terminar la frase. –Oh dios Dulce… ven aquí. –Me dijo y me abrazo, yo le dejé abrazarme y apoye mi cabeza en su pecho mientras ella acariciaba mi cabeza. –No puede volver a hacerlo, no puede…
-Sí, sí que puede. –Le dije enderezándome. –Puede y lo va a volver a hacer, o si no te matara a ti, a mí y… -me quede callada. –Y a nuestra familia. –Mentí, aunque puede que tampoco fuera mentira.
-Ven. –Me dijo y me volvió a abrazar. Pasados menos de dos minutos nos levantamos y seguimos trabajando. Yo no podía parar de pensar en él, en ese cabrón. Me iba a vengar de él. Necesitaba vengarme de él. Pero no podía.

sábado, 19 de enero de 2013

5.CAMAS JUNTAS



Deje el boli en el suelo y releí todo lo que había escrito. Todo iba sobre Jack, como nos conocimos, lo guapo que era, ese beso… Me levanté del suelo e intenté ordenar mis pensamientos, había venido aquí para intentar olvidarme de mi padre y había acabado pensando en Jack.
Oí unos pasos y unas ramas romperse detrás de mí. Lo primero que me vino a la cabeza fue Jack corriendo escapando de la policía, aún no había averiguado a que se refería Jack con eso de solucionar la crisis, pero fuese lo que fuese, todavía no se había puesto en práctica.
-¡Jack! –grité acercándome a los arbustos pero enseguida me paré y desee no haber gritado. ¿Y si era un policía que me había seguido? Intenté deshacer mis pasos pero una figura esbelta salió del arbusto sonriéndome de medio lado. Una cosa estaba clara, no era un policía. Su cara me resultaba familiar, pero no sabía muy bien de qué, entonces me acordé. Era el chico del parque, el del balón. Me quedé quieta sin saber que decir ni que hacer ¿me había seguido?
-Ho-hola –dijo el chico saliendo con dificultad del arbusto.
Yo no contesté, me limite a analizarle. Tenía las mejillas levemente rojas y los ojos le brillaban.
-No te asustes por favor –me dijo antes de que saliera corriendo. –Me llamo Iban.
Yo seguí sin hablar. La última vez que había hablado con un chico aquí había acabado muerto.
-¿Qué quieres? –le dije echándome para atrás.
-Bueno… la verdad es que no lo sé. Te seguí desde el parque porque se te calló esto –dijo mientras me tendía un paquete con carne del día. Yo sabía que no se me había caído, la verdad es que no recuerdo la última vez que había tenido carne del día, bien cerrada en mis manos, pero la cogí igualmente. –Iba a dártela antes pero…
-No pasa nada –le dije sonriendo. La carne me había puesto de buen humor, hoy íbamos a comer bien mi madre y yo. –Yo soy Dulce –le dije mientras alargaba la mano.
Él se quedó extrañado y me la apretó.
-Siento mi confusión, normalmente cuando conocemos a alguien nuevo si es chica le damos dos besos, los apretones son para los hombres.
-No te aconsejo que te acerques demasiado a mí. Hace días que no me ducho. –Le dije avergonzada, pero a la vez intentando librarme de él.
-Si quieres puedes ducharte en mi casa, tenemos… tenemos agua caliente y eso. –Noté como su mirada estaba cargada de pena.
-No gracias, no querría molestar.
-No enserio, no es molestia. A mi madre le encanta ayudar a los… -se le quebró la voz. –Esto… a la gente con problemas… -dijo mirándose a los pies.
-Pobres, puedes decirlo.
Me miró y al ver mi sonrisa se tranquilizó un poco.
-Bueno, pues… eso que a mi madre le gusta hacer ese tipo de cosas y a mí también. A mi padre no le hace mucha gracia pero está de viaje. También puedes comer algo, estas muy delgada.
Iba a volver a rechazar la proposición pero entonces me acorde de mi madre, de Annie y de su abuela. Yo a ese chico no iba a volver a verle y a nosotros una comida en caliente nos vendría muy bien… Pero que dices Dulce, eso sería aprovecharse demasiado.
AL ver mi indecisión pareció leerme la mente.
-Puedes traer a tu amiga con la que ibas antes y a vuestros padres. Lo he hablado con mi madre y no le importa, es más, le parece genial.
Eso me animo un poco más, pero no quería causar demasiadas molestias.
-No se… no querríamos molestar…
-Que sí, no se hable más. –Me dijo acercándose a mí un poco más y sonriendo.
-Bueno pues… muchísimas gracias. –Le dije sin poder ocultar mi felicidad. Una ducha como dios manda y comida caliente… no podía esperar.
Bajamos al pueblo en silencio, ninguno de los dos hablaba pero notaba como Iban no dejaba de mirarme cada dos segundos ¿o serian mis imaginaciones?
Nos dirigimos a la parte del pueblo donde vivíamos los de recursos limitados, pobres.
-No hace falta que me acompañes si no quieres, igual te quedas por el camino –le dije con una sonrisa de medio lado. No estaría acostumbrado a tanta suciedad y a un olor tan fuerte y cargado.
-No, no me importa.
-Como quieras –dije levantando los hombros.
Empezamos a andar por las calles llenas de orina y suciedad. Yo casi no lo notaba ya, estaba acostumbrada pero aun así la diferencia entre el monte y el pueblo era enorme y se notaba mucho. Si yo lo notaba no quería ni pensar en cómo le estaría yendo a Iban. Por sus gestos pude ver que no lo estaba pasando muy bien.
Llegamos a mi casa y nada más abrir la puerta el olor a moho nos golpeó en la cara.
-Lo siento… -dije intentando disculparme avergonzada, pero él me sonrió y puso la mejor cara que fue capaz. Yo le agradecí el gesto.
Fui hasta mi cuarto y me encontré a mi madre en la misma posición en la que le había dejado, leyendo el libro, ya casi lo había terminado.
-Mama, este chico tan simpático y su madre nos han invitado a comer a su casa. –Le dije mientras miraba a Iban quien se había quedado en la puerta del cuarto intentando no mirar.
-¿En serio? Ven jovencito –le dijo a Iban, quien se acercó a ella despacio. -¿Cómo te llamas? –le preguntó.
-Soy Iban señora. Mi madre se llama Azucena.
-Pues encantada. Muchas gracias por la invitación, no sabes que feliz nos haces.
Él sonrió encantado.
-¿Me ayudáis a sentarme en la silla? –nos preguntó. Los dos asentimos y la levantamos con cuidado y luego la dejamos en una silla de ruedas que una de los médicos que le habían atendido cuando el accidente nos regaló.
-Ahora tenemos que ir a por Annie y su abuela. –Le die a Iban. Fui arrastrando la silla y antes de cerrar la puerta me despedí de los inquilinos, quienes nos miraban con envidia.
Una vez hubimos recogido a Annie y a su abuela Rosa, Iban nos llevó hasta su casa. En el trayecto le conté todo lo que había ocurrido a Annie mientras que Rosa conversaba alegremente con Iban.
-Me parece que tu abuela se ha enamorado –le dije riendo.
-Lo que me preocupa no es que se enamore ella.
Yo hice como si no capte la indirecta y nos quedamos en silencio.
Cuando llegamos a la casa, después de haber andado unos 15 minutos, nos quedamos asombrados, era una casa preciosa, no era un palacio, pero comparada con nuestra casa o cualquier casa del lado sur era una maravilla.
Azucena e Iban eran de clase media alta, su padre se había ido de viaje, pero cuando Azucena nos contó la historia percibí que iba a ser un viaje muy largo y que no iba a volver por aquí, seguramente Iban no lo supiera. Nos contaron que tenía una hermana de 18 años que estaba en la universidad, en Madrid.
Mientras Azucena preparaba la cena con ayuda de Rosa y mientras hablaban con mi madre Iban nos enseñó a mí y a Annie la casa. Luego fue a el cuarto de baño.
-Si queréis ducharos… -dijo incomodo, se notaba que no sabía cómo tratar con pobres. –Bueno, no digo que os haga falta, pero que estaría bien. No por nada en concreto, sin más, como tu antes me has dicho eso de que hacía mucho que no te duchabas y eso…
Yo no pude reprimir una carcajada y Annie se unió a mí. Iban sonrió, bastante incómodo y luego me miró a los ojos.
-Os puedo dejar ropa de mi hermana, a ella no le importará y no se así os sentís más limpias… que no estoy diciendo que- antes de que pudiera meter más la pata le interrumpí riendo.
-Lo hemos entendido Iban. ¿Vas tu primero Annie?
-Claro –dijo está sonriendo. Una ducha con agua caliente no era algo muy común y mucho menos ropa limpia y casi nueva.
Iban nos condujo al cuarto de su hermana Teresa y saco dos vestidos de unas cajas.
-Son lo único que os quedará bien –dijo entregándonoslo. Annie sonrió satisfecha y se metió en el baño.
Iban me condujo hasta su cuarto para esperar hasta que Annie terminara de ducharse.
Al entrar me quedé fascinada. Tenía las paredes llenas de estanterías con libros y una bola del mundo que me pareció fascinante, también vi una mochila y unos libros encima de la mesa.
-Primero de bachiller –dije leyendo en voz alta. –Historia.
Luego me giré para mirarlo.
-Tenéis una suerte pudiendo estudiar. –Dije yendo hacia la bola del mundo y girándola, intentando memorizar todos los países que podía.
-A muchos no se lo parece, a mí no me importa.
-¿Sacas buenas notas? –le pregunté sin parar de fisgonear por todo su cuarto.
-Ochos y nueves –dijo orgulloso de sí mismo.
Yo me gire intentando adivinar si eso era bueno o malo.
-10 es la nota más alta, 0 la más baja. Un nueve está muy bien y un ocho también, un siente no está mal, y un 6 sigue siendo aprobado al igual que un cinco, pero si tienes más bajo que un cinco suspendes.
-Entonces tú vas muy bien –dije sonriendo. -¿Qué quieres ser de mayor? –le pregunté esta vez girándome para mirarle a la cara.
-No lo sé, puede que médico o algo por el estilo.
-Te pega.
-¿Tu que querrías ser si tuvieras la oportunidad?
No dudé en la respuesta.
-Escritora. –Una sonrisa asomó de sus labios.
-¿Lo que escribías antes en el valle era un cuento?
-No, no exactamente, era algo que me sucedió de verdad. –Dije sonrojándome ligeramente.
-¿Me dejas leerlo? –Me pregunto. Dude un poco, no me apetecía enseñárselo, pero me iba a dar de comer y me iba a dejar ducharme en su casa, asique al final acepte.
Le tendí las hojas que tenía escondidas debajo de la camiseta. Él se sentó en la cama y empezó a leer mientras yo ojeaba todos los libros que era capaz. Al final saque uno bastante gordo y lo sostuve entre mis manos, leyendo el pequeño resumen que tenía detrás.
-¿Has vuelto a besar a alguien? –me preguntó de repente. Le miré y me sonrojo ligeramente.
-No.
-¿Cuántos años tienes? –me dijo dejando los papeles en su mesilla y mirándome.
-16.
-¿Cuántos años tenías cuando paso esto? –me preguntó curioso. Me estaba empezando a cabrear con tanta pregunta.
-14.
-¿Y él?
-¿A caso te importa?
-Eh no… no quería ofenderte ni nada… -me di cuenta de que me había pasado asique me relaje un poco, el solo quería entender mejor la historia.
-17.
El soltó un silbido.
-Bastante diferencia de edad. –Dijo sonriendo de medio lado.
-La edad solo es un número. –Dije intentando no alterarme
-Lo sé –dijo sonriendo tímidamente. –Ahora tendría 19 años.
-Muy hábil. –le dije con la voz seca.
-¿Por qué te pones a la defensiva? –me preguntó extrañado.
-¿Qué por qué? Acabas de leer una historia donde un chico de 17 años muere por unos disparos de unos policías sin haber hecho nada y lo único que te preocupa es si me he besado con él y su edad. –Tras decir esto los ojos se me llenaron de lágrimas pero me esforcé por no llorar.
Vi como agachaba la cabeza y me sentí mal por haberle hecho sentir culpable por algo que él no había hecho. En realidad yo estaba enfadada con esos policías, no con Iban.
-Lo siento. –Dije mientras me acercaba a él. –No quería que te sintieras mal.
El levantó la cabeza y sonrió de medio lado.
-No, lo siento yo, tenía que haber tenido un poco más de tacto.
Ambos sonreímos y tras unos segundos entró Annie. Parecía nueva, con un vestido precioso y hasta otro color de piel. Estaba preciosa. Los tirabuzones negros estaban más marcados y más bonitos y olía a coco y a limpio. No podía aguantar más y salí corriendo hasta el baño, so sin antes regalarle a Iban una gran sonrisa.
Cerré la puerta detrás de mí y me quité la ropa lo más rápido que pude. Abrí el grifo y me metí dentro. El agua estaba caliente y el roce de ella contra mi piel me hacía sentir bien. Me quedé un rato debajo del chorro mientras con un champú que olía increíblemente bien me deshacía de toda la suciedad que había acumulado mi pelo. Salí de la ducha y me enrolle con una toalla. Me sentía como nueva. Me seque el cuerpo rápido y me puse el vestido. Deje el pelo que se secara en el aire mientras aprovechaba de este momento de felicidad y libertad plena.
Salí del baño y baje las escaleras. En el comedor estaban todos esperándome, cuando llegué todos se quedaron callados y sonriendo un momento.
-Estas preciosa cariño –me dijo mi madre, quien también lucía un vestido y estaba limpia, al igual que Rosa.
-Estáis todas maravillosas –dijo Azucena y comenzamos a comer.
Había de todo, desde carne de buena calidad hasta pescado. Había sopa, ensalada y gambas. El agua sabia deliciosa, ni punto de comparación con la que bebíamos nosotros.  De postre nos dio Azucena fresas con nata y tarta de fresa.
-No recuerdo haber comido tan bien en toda mi vida –Dijo Rosa cuando se hubo terminado la tarta. –Muchísimas gracias Azucena, que Dios te lo bendiga.
Azucena sonrió feliz de estar compartiendo una comida con gente que de verdad lo necesitaba, hacer feliz a otras personas es una sensación increíble, te llena de felicidad y de una paz interior asombrosa.
Creo que es la mejor sensación del mundo.
Mientras conversábamos sin parar de todo tipo de cosas un trueno iluminó la calle y acto seguido comenzó a llover fuertemente.
-Con lo bien que iba la noche –dijo mi madre.
-Os vais a chirriar y os vais a coger una pulmonía –dijo Azucena hablando para sí misma. -¿Por qué no os quedáis a dormir aquí? –Dijo sonriendo.
-No, eso sí que no –dijo mi madre –ya sería demasiado abusar.
-No, por supuesto que no. El cuarto de mi hijo tiene dos camas, el de mi hija otras dos y el mío otras dos.
-No, enserio. Muchísimas gracias por todo pero ya es demasiado… -empezó a decir Rosa.
-No, no, no. No voy a permitir que mis invitados se mojen. Tu Rosa duermes con tu nieta Annie en la cama de mi hija. Amanda tu duermes conmigo y Dulce, si no te importa, tu duermes con mi hijo. No acepto un no por respuesta.
-Pero es que mañana tenemos que ir a trabajar nosotras dos a las minas y tenemos que despertarnos pronto –dije señalando a Annie. Ella asintió.
-¿Trabajáis en las minas? Pensaba que solo trabajaban los hombres. –Dijo ella con asombro.
-Sí, y normalmente son los hombres los que trabajan, pero como en nuestra familia no hay hombres y mi madre y su abuela no pueden trabajar, tenemos que hacerlo nosotras.
Azucena e Iban nos miraron con compasión y a la vez con asombro.
-Bueno, de todos modos eso no es problema, la mina esta más cerca de aquí que de vuestra casa –Dijo Iban sin dejar de mirarme. En eso tenía razón, pero aún así me parecía una situación incómoda.
-Pues no se hable más –dijo Azucena –Hoy pasáis la noche aquí. –Y tras decir esto se dirigió a la cocina con platos en las manos para recoger. Todos menos mi madre, quien no podía por razones obvias, le ayudamos a recoger y luego nos despedimos para ir a dormir. Yo subí detrás de Iban a su cuarto, no me convencía la idea de dormir con él, la verdad.
-Duerme tú en la cama –me dijo una vez hubimos llegado. –Yo duermo en el suelo con estas mantas –dijo mientras colocaba un montón de mantas en el suelo.
-¿Qué? De ninguna manera, yo duermo en el suelo. ¿No había dicho tu madre que tenías dos camas?
-Sí, pero están pegadas, ¿ves? –dijo mientras destapaba la colcha de la cama que en realidad eran dos.
-¿Y no se puede despegar?
-No, están agarradas por dos ganchos, hace falta herramientas para separarlo, mi padre lo puso así, uno de sus inventos –dijo mientras sonreía y me dieron ganas de llorar, ni siquiera sabía que su padre se había ido para no volver.
-Iban… -le dije mientras colocaba un cojín en el suelo. -¿Tú crees que tu padre va a volver?
El me miró sin entenderme.
-Claro, ¿Por qué no debería?
Una alarma dentro de mí se encendió, y me aviso de que era mejor dejar ese tema.
-Sin más. ¿Hace cuánto se fue?
-5 meses. Está en un viaje muy importante. –Me dijo con una sonrisa en la boca.
-Claro –le dije yo devolviéndole la sonrisa, luego me acerque al montón de mantas y cojines y lo miré divertida. –Ya duermo yo ahí anda.
El negó con la cabeza.
-Aquí duermo yo.
-No, esta es tu casa y esta es tu cama.
-Pero yo te la presto a ti.
Yo sonreí y me dirigí a la cama.
-Pues nos metemos los dos, pero tú en el suelo no vas a dormir, faltaría más.
Me miró incrédulo y se enrojeció ligeramente, luego se acercó a la cama y espero hasta que yo estuviera dentro para meterse.
-¿Necesitas el despertador? –Me preguntó.
Yo me giré en la cama para quedar cara a cara con él.
´-No hace falta, siempre me despierto a la hora.
Él sonrió y se colocó sobre los hombros, luego se hecho para adelante y apagó la luz de la mesilla, tocándome el brazo con su mano. Este contacto me dio un escalofrió y me giré, pensando que aún en la oscuridad él podía ver mis mejillas rosadas, y el contacto con su piel me recordó a Jack. Una lagrima traicionera escapo de mi ojo y callo sobre la almohada.
-Menos mal que me he dado la vuelta –pensé. Pero enseguida Jack volvió a ocupar todos mis pensamientos, y así, pensando en el me quede dormida y soñé que volvía a verlo, que volvía a tocarlo, a besarlo, que volvía a sonrojarme con sus palabras, soñé con ese beso que se repetía en mi cabeza cada momento que pensaba en él. Soñé con su risa y con su dentadura blanca y con su pelo moreno sobre sus ojos. Soñé que le volvía a limpiar las heridas y que le besaba todos y cada uno de los moratones, y que con solo un beso se iban curando, pero todo esos sueños bonitos se esfumaron y mis sueños se llenaron de escopetas, de tiros, de gritos. Veía a Jack riendo y luego inmóvil en el suelo, con una sonrisa amarga pintada en el rostro.

viernes, 18 de enero de 2013

4.RECUERDOS IMBORRABLES.



Llegué a casa y deje la bolsa con lo que había recogido en una mesita al lado de la puerta. Fui al cuarto y vi como mi madre seguía durmiendo. Pensé en no despertarla, pero si la dejaba dormir todo el día a la noche no pegaría ojo.
-Mama –le susurre mientras le daba ligeros empujones –Vamos mama levanta.
Vi como abria poco a poco los ojos y como luego me sonreía de una forma que me lleno de tristeza. Tenia que sentirse una mierda, sin poder moverse ni hacer nada, dejando que su hija cuidara de ella.
Le di un beso en la mejilla y le ayude a recostarse en la cama. Fui corriendo a la cocina y cogi el desayuno. Me quede mirándolo unos instantes y lo volvi a dejar en la mesa, entonces cogi algo mas de la comida que había recogido hoy –la que estaba en mejor estado –y le puse un poco.
-¿Qué celebramos? –Dijo ella relamiéndose los labios cuando me vio entrar por la puerta.
-La suerte que tengo de tener una madre tan increible –le dije sonriendo anchamente. Ella me devolvió la sonrisa y vi como sus ojos se humedecían. Vi reflejado en su rostro como luchaba por no llorar, y aunque una primera gota salio traicionera de su ojo derecho yo hice como si no me hubiera dado cuenta. Le puse la comida en las piernas inmóviles y le empeze a dar de comer. Ella poso la mano que podía mover sobre la mia y me miro a los ojos.
-Puedo sola. –Dijo con una media sonrisa. Yo le sonreí y le di la cuchara.
Por unos momentos me quede viendo como comia con dificultad y me vino a la mente lo felices que eramos cuando mi padre vivía y cuando mi madre podía moverse, bueno, la verdad es que la situación económica en España no era muy diferente, pero tener dos padres que te quieren y te cuidan era reconfortante.
Me obligue a dejar de pensar en eso, era el pasado y recordándolo no haría nada más aparte de hacerme daño. Agite mi cabeza intentando sacarme todas las imágenes que me golpeaban el pecho con fuerza y me hundían en una tristeza inmensa y por un momento lo conseguí. Necesitaba despejarme y sabía exactamente a donde ir. Fui a mi mesilla compartida y saque unas hojas que había robado del colegio y unos bolígrafos, los metí dentro de mi camiseta para que ningún policía los viera y no me preguntara de donde los había sacado.
 La gente como nosotros no tenía dinero para comprar casi nada y malgastarlo en hojas era una insensatez, eso los policías lo sabían y estaban deseando atrapar a ladronzuelos para apresarlos y hacerles lo que quiera que les hicieran. Siempre iban a por los adolescentes, pocas veces verías como registraban a un anciano a no ser que necesitaran desahogarse pegando a alguien, entonces los ancianos eran sus principales presas. Había habido más de una vez en la que el hombre al que habían detenido no había hecho nada y los policías metían cadenas de oro en sus bolsillos para así pegarles una buena paliza antes de llevarlos a la policía y luego decir que se opuso y que tuvieron que usar la fuerza. ¿Vosotros os imagináis a algún anciano pegando a un policía? ¿No verdad? Yo tampoco.
Salí de la casa no sin antes asegurarme de que mi madre había terminado de comer y le di un libro viejo que también robe del colegio para que se entretuviera leyendo. Ella sabía leer, al contrario de muchos de los jóvenes de hoy, yo había aprendido gracias a ella y a mi padre pero sino seria como los demás, analfabeta.
Me metí por un sendero verde que separaba las casas viejas y las calles mal olientes de un precioso valle. No muchas personas conocían el valle ya que para eso había que cruzar un bosque en el que era demasiado fácil perderse. Yo sabía la ruta ya que mi padre me la enseño de pequeña y Annie también ya que yo se la enseñe a ella. No ceía que nadie mas la conociera y si había gente serian caminantes que intentaban escapar de su horrible pueblo para llegar a otro peor.
Un par de veces me encontré con andantes. El primero fue con mi padre quien me prohibio acercarme a el y nos escondimos detrás de una roca hasta que se alejo lo suficiente, pero el segundo fue después de que mi padre muriera.
Era un día bonito, Domingo al igual que hoy.  El sol brillaba con fuerza y una suave brisa se levantaba, evitando que la fuerza del sol dañase mi piel.
Yo tenía 14 años, dos más que ahora y estaba sentada en el valle escribiendo, como de costumbre, cuando escuche como las pisadas de alguien se acercaban hasta mí. Acto reflejo me levante y me escondí detrás de un seto, justo en ese momento alguien pasó corriendo con una mochila en la espalda. Era un chico de unos 17 años, moreno de ojos verdes y piel ligeramente bronceada.
Cuando llego al lugar donde hacia dos minutos había estado yo se paro y miro hacia atrás para ver si alguien le seguía. Cuando se aseguro de que no había nadie se tiró a la hierva lanzando su pesada mochila a un lado. Algo le hizo daño pues se remobio en su sitio y saco unas ojas y un boli de detrás de su espalda.
-Mierda –susurré. Al esconderme tan rápido se me debía de haber caído.
Empezó a ojear las hojas. Yo no lo soportaba más, nunca me ha gustado que lean lo que escribo sin mi permiso.
Me levanté y salí despacio de mi escondite, intentando hacer el menor ruido posible.
Llegué a su altura, pero el estaba sentado de espaldas a mi, absorto leyendo los papeles, mi papeles, y no se dio ni cuenta de que alguien le observaba.
-Me… me lo devuelves –le dije tartamudeando. El dio un bote y se levantó, pero cuando me vio sus hombros se relajaron, al igual que su mandibula.
Me sonrió y yo no pude evitar ponerme roja. No quería mirarle a la cara, sus ojos eran demasiado bonitos, así que me limite a señalar mis papeles.
El rió y me los entrego, cuando los tuve en mis manos di un giro y empeze a andar, quería irme de allí, pero su voz me detuvo.
-Oye, que no muerdo. –Me giré para observarle y efectivamente, me estaba sonriendo.
-Ya, eh, bueno, es que me tengo que ir, mi madre debe de estar preocupada. –Dije sin saber a donde mirar. Opté por mirar al suelo, a si evitaba el contacto visual.
-¿Eso lo has escrito tu? –dijo acercándose a mi y haciendo caso omiso a mis anteriores palabras.
Yo di un paso para atrás pero el siguió avanzando. Cuando estuvo a mi altura vi como su mano se estiraba hacia adelante señalando los papeles que yo arrugaba de los nervios.
-¿Me dejas leerlos antes de que los rompas? –me pregunto y cuando volví a mirarle seguía sonriéndome. Volví a notar como mis mejillas me ardían y le entregué los papeles. Igual así dejaba de sonreírme de esa manera un poco.
El sornió satisfecho y se sento en el suelo, me hizo un gesto con la mano para que me sentara a su lado pero yo hice caso omiso y me quede depie. Al final me rendí y me senté, aunque no tan cerca como el me había propuesto. Le miré y vi como tenía la lengua fuera y los ojos entrecerrados, estaba muy concentrado. Giré la cabeza y cerre los ojos, dándole paso al sol para que calentara mi cuerpo y escuchando todos y cada uno de los sonidos provenientes del bosque que se mezclaban con la respiración del chico de ojos verdes que leía mis pequeños secretos.
No se cuanto tiempo mantuve los ojos cerrados, pero cuando los abrí me encontre con la mirada de aquel chico clavada en mi. Intente por todos los medios no enrojecerme, pero mis esfuerzos fueron en vano asique me levante de un salto y estire mi brazo para que me diera los papeles.
-Lo siento –dijo el chico imitando mis movimientos y entregandomelos –no quería incomodarte, es que estabas muy tierna. –Dijo soriendo, y noté como de nuevo las mejillas me ardían. –Soy Jake –Dijo extendiendo la mano para que se la estrechara. Yo la miré desconfiada, y luego mire a sus ojos verdes que me escrutaban. Parecía como si quisiera leerme la mente.
-Dulce –dije y antes de apretar su mano me di la vuelta y empezé a caminar.
Aunque no vi su cara supuse que debía de estar desconcertrado, y eso me hizo sonreir.
-¡Oye! –grito -¡Dulce! –yo me giré y le hice un gesto de despedida con la mano mientras me metia de nuevo en el bosque.
Dentro de el me sentía a salvo, era como mi segundo hogar, casi mejor que el primero. Me dio un poco de pena haber dejado a ese pobre chico solo. Seguramente se meteria en el bosque e intentaría encontrar el pueblo pero acabaría perdiéndose y dando vueltas como una peonza. Seentí la necesidad de darme la vuelta e ir a buscarle, enseñarle el camino al pueblo y puede, que alojarlo en mi casa, pero enseguida lo que mi padre años atrás me había dicho resonó en mi cabeza.
-No te fies de ellos Dulce. Corren porque son presos y están intentando escapar de su anterior pueblo, de sus anteriores vidas que ellos mismos han destruido, para así llegar a otros pueblos y destruir otras vidas.
-¿Cómo sabes que son presos papa? Igual solamente quieren empezar una vida nueva en un sitio nuevo
-Eso es lo que quieren que pienses cariño, pero si fueran personas normales, utilizarían las carreteras, como todo el mundo.
En ese momento le creí. Mi padre era sabio y siempre tenía razón en todo lo que decía, pero Jack no parecía un preso, era demasiado joven para haber destruido la vida de nadie, puede que hubiera robado algo, pero todo el mundo roba cosas, hasta yo. Y hasta mi padre.
Me di la vuelta pensando en salir corriendo y buscarle, pero no me hizo falta, allí estaba el.
-Lo siento yo… -le dije intentando explicar mi acto de crueldad de dejarlo solo y perdido.
-No pasa nada, te girabas para buscarme ¿verdad? –me dijo sonrindo.
Yo le devolví la sonrisa y me acerque a el.
-Puedo enseñarte el camino al pueblo si quieres.
-Eso seria genial.
Caminamos durante 15 minutos, saltando arboles caídos y piedras, el estaba agotado, me contó que había estado andando dos días enteros sin casi parar a descansar, pero que nunca se había enfrentado a un bosque tan denso.
Yo le obligue a andar unos cuantos minutos mas hasta que llegamos a un riachuelo.
-Podemos parar aquí un rato, ya solo queda la mitad del camino.
-¿Te parece poco? –contesto el colocando sus manos en la cabeza, pero acto seguido las bajo y puso una mueca de dolor.
-¿Qué te ocurre? –le pregunté extrañada. -¿Agujetas?
-No –dijo el masajeándose las costillas, pero otra mueca aun peor asomo en su rostro.
Me acerque despacio y le subi la camiseta intentando no rozarle. Me quedé helada cuando vi como unos moratones l cobrian todos los laterales. Le obligue a dar la vuelta esperándome lo peor, y efectivamente, tenía marcas de latigazos por toda la espalda. La sangre estaba seca, y como no se había lavado las heridas tenía una pinta horrible.
-Deja que te las limpie –dije mientras intentaba quitarle la camiseta del todo. Su cara paso de una sonrisa de agradecimiento a una mueca de dolor cuando sinquerer uno de mis dedos rozo su piel magullada. –Lo siento –dije yo alarmada.
-Tranquila. –Dijo el dejando al descubierto su blanca dentadura –Y gracias.
Yo me gire y metí la camiseta en el arrollo. Cuando me di la vuelta el estaba en una piedra. Me acerque a el y me coloqué de cuclillas.
-Si te hago daño… Te ruego que me perdones –dije y antes de que pudiera decir nada pase por una de las marcas del látigo la camiseta mojada. El soltó un grito de dolor, que enseguida se convirtió en un suspiro de alivio. –El agua no te va a hacer gran cosa, pero por lo menos te lavara las heridas y te calmara la zona.
Seguí pasando la camiseta por toda su espalda con el máximo cuidado posible, pero cada vez que esta hacia contacto con su cuerpo el soltaba un gemido seguido de un suspiro.
Llegué al pecho, donde también tenía unos cuantos golpes. Dudé unos momentos pero enseguida empeze a limiarle también. Ya no se quejaba, solo tenia los ojos clavados en mi, noté como su mano tocaba mi mejilla y colocaba un mechon de pelo rebelde detrás de mi oreja, lo que proboco un escalofrío en mí.
Cuando terminé de limpiarle me separé un poco y observe como las heridas ya no parecían tan feas.
-Muchas gracias, ahora me siento mejor –dijo el sonriendo y yo le devolví la sonrisa. –Tienes una sonrisa preciosa, deberías de sonreír más. 
-Y tu tienes la boca muy grande, deberías de callar más. –Le dije sonriéndole de nuevo y levantándome. El imito mis movimientos. Yo coloque la camiseta en una rama para que se secara un poco y me senté a su lado la roca.
-Este sitio es precioso. –Me dijo sin mirarme.
-Si que lo es. –Contesté observando todos y cada unos de los detalles que lo hacían tan único. El agua era cristalina y permitia que se vieran unos diminutos peces de todos los colores del arcoíris. Los arboles eran esbeltos y el aire era fresco aunque todavía el sol nos diera de lleno.
-¿Cómo lo descubriste? –me preguntó esta vez girando su cabeza y mirándome.
-Me lo enseño mi padre. –Dije con cierta nostalgia en la voz. –Ahora el esta muerto. –Las palabras me salieron sin pensarlas, aunque la verdad es que era la única manera de decirlo.
El se revolvió nervioso.
-Lo siento. –me dijo colocando una mano en mi hombro.
-Y yo. –Le dije sin dejar de mirar al paisaje, intentado no hacer caso al ardor que sentía en el hombro donde su mano estaba apoyada.
Nos quedamos un rato en silencio, sin saber que decir, pero tampoco hacia falta, entonces algo cruzo mi mente como un rayo.
-¿Por qué escapabas? –dije girándome para contemplar su rostro.
-¿Qué? –me preguntó extrañado devolviéndome la mirada.
-Te vi correr como un loco y luego comprobar si alguien te seguía.
El sonrió y miró de nuevo al lago.
-No se te escapa una. –Dijo con tono triste. –De la policía.
Me quede callada, invitándolo a continuar y a que me diera una explicación pero no dijo nada mas.
-¿Has hecho algo malo? –Le pregunté temerosa por su respuesta.
-¿Tu crees que he hecho algo malo? –me dijo mirándome de nuevo.
-Sinceramente no, pero algo habrías hecho para que te persiguiera la policía.
El soltó un suspiro.
-Como has dicho antes tengo la boca muy grande, pero también tengo los oídos muy abiertos. Escuche algo que no tenia que haber escuchado y se enteraron.
-¿Algo muy grave?
-Mas que grave. Digamos que su solución para que la crisis termine es una una putada para todos los pobres.
-¿Mas impuestos? Eso no es una sorpresa. Saben que no tenemos dinero pero aún así nos obligan a pagar impuestos cada vez mas altos.
-No no es eso. –me dijo, y pude notar como su voz se volvia espesa y sus ojos se llenaron de un fuego que no supe descifrar.
-¿Entonces? –le pregunté nerviosa.
-No puedes decírselo a nadie.
-A nadie.
-Veras… -antes de que pudiera explicarme que era lo que le hacia enfurecer tanto, oímos unos gritos de hombres y escopetas.
-¿Qué es eso? –grité asustada mientras me levantaba.
-Mierda, mierda, mierda. Han seguido nuestro rastro. –Dijo levantándose y recogiendo su mochila deprisa.
-¿Quién? ¿La policía?
No me contestó, pero me hizo un gesto para que me callara.
-Ven. –me susurro mientras me cogia de la mano. Nos colocamos detrás de una mata de hiervas y rocas de cuclillas. Las zarzas y los cortes que me hacia con las rocas me hacían daño, pero era mayor el miedo que sentía. Estaba temblando. Jack lo notó y me abrazó mientras me acariciaba el pelo.
-Tranquila, no nos van a encontrar –dijo susurrándome y entonces oímos las pisadas más cerca. Asomamos la cabeza por las ramas y vimos a 6 policías con 3 perros rastreando el terreno. Yo comencé a temblar más, si nos encontraban ¿Qué nos harían? Yo era cómplice, estaba con el hombre al que buscaban por esa información tan valiosa.
-Eh tranquila. –Me dijo suentandome la cara con ambas manos y obligándole a mirar. –No nos va a pasar nada.
Yo asentí pero noté como las lagrimas me mojaban la cara. El me abrazó mas fuerte.
-Lo siento mucho, no quería que esto pasara.
Oímos como los hombres hablaban y decidían marcharse y empecé a tranquilizarme.
De repente noté como si algo faltaba, me separé despació de Jack y miré su torso desnudo.
-Jack –le dije susurrando e intentando no llorar -¿y tú camiseta?
Decir que se puso blanco es poco. Yo lo entendí a la perfección, se la había dejado colgada en el árbol, yo la había dejado colgada en el árbol.
El miedo volvió a inundarme.
-Seguro que no la ven. –me dijo intentando tranquilizarme, intentando tranquilizarse.
Por un momento lo creí, pero ese momento de paz no duro mas de dos segundos, cuando escuche a uno de los policias reir.
-El muy gilipollas se ha dejado la camiseta aquí –le solto al otro compañero y ambos empezaron a reírse. Luego todos se le unieron.
-Jack sabemos que estas aquí –dijo uno de ellos.
-Si, y también esa pequeña zorra con la que te han visto.
-Si sales ahora no le haremos daño.
-No, seguro que disfruta –dijo otro, y todos empezaron a reir mas fuerte.
Un escalofrio me recorrio de la punta de los pies a la cabeza. El me abrazo mas fuerte. De repente me separó de el y volvió a cogerme la cara con ambas manos. Me limpió las lagrimas y me sonrió de medio lado.
-Muchas gracias por todo –dijo susurrando. –Nunca había conocido a nadie como tu, que con tansolo 14 años tenga todo tan claro.
-No. –Dije yo intentando no gritar. –No te despidas, no te vas a ir a ninguna parte.
-Si no voy yo nos cogerán a los dos y esto es culpa mia. Mira, cuando yo te diga sal corriendo por ahí detrás, intenta ir lo mas agachada que puedas ¿vale? Que no te vean. Yo captaré su atención. No te va a pasar nada.
Yo negué con la cabeza, incapaz de hablar, pues las lagrimas se habían vuelto a adueñar de mi.
-No llores mi niña –me dijo secándome de nuevo las lagrimas. –Nunca te olvidaré. Espero que tu a mi tampoco.
-Bueno, pues si no sales por las buenas, saldrás por las malas –gritó uno de los soldados y pego un tiro a algún lado de la maleza. Luego otro y otro.
-Es ahora o nunca. –Me dijo mirándome muy serio.
-Pero te mataran –le contesté.
El no me contestó, se giró y antes de desaparecer se giró y cogiéndome la cara me beso. Fue un beso lento, suave. Mi primer beso. No creo que pasara mucho tiempo, pues no nos sobraba, pero a mi se me hizo eterno. Todavía hoy, después de dos años sigo sintiendo sus labios empujando contra los mios  y su lengua acariciándome todos los recovecos de mi boca.
Se separó, me sonrió y luego me empujo para atrás suavemente.
-Corre –me susurro.
-No –dije yo sin parar de llorar.
-Que corras. –me dijo mas fuertemente –por favor. –Esto ultimo lo dijo como suplicándome. Yo le hice caso y me puse de rodillas, me acerque de nuevo y le dí un beso fugaz en la boca, luego me giré y intentando ir lo mas agachada que podía corri. Me paré detrás de un árbol, no muy lejos de ahí, intentando respirar.
-Vaya, vaya –oí que decía uno de los guardias. –A si que aquí estas Jack.
El corazón empezó a latirme fuertemente.
-¿Dónde esta tu amigita? –preguntó uno de ellos.
-No se de quien habláis –dijo Jack con un tono agresivo sin que le temblara la voz.
Uno de los guardias soltó una amarga carcajada.
-Vamos chaval, no querrás tirártela solo tu ¿no? Vamos, comparte un poco, igual si nos dices donde está te perdonamos la vida.
Sentí ganas de vomitar y miedo por que Jack les digera donde estaba, pero no dijo nada.
-Callaos gilipollas. –Gritó otro de los policias que no había hablado antes –A esta rata asquerosa nadie le va a perdonar nada. Me parece que sabes mas de la cuenta. No nos gustan los listillos ¿sabes? Dinos donde esta esa muchacha y no la mataremos.
El siguió sin contestar.
-Tu lo has querido. –dijo el mismo hombre de antes. -¡Apuntad!
Escuche como las pistolas se levantaban y sentí una opresión en el pecho que no me dejaba respirar.
-Hijo de puta. –Dijo el hombre riendo. -¡Fuego! –gritó, y el ruido de un monton de balas hicieron que perdiera el equilibrio y vomitara todo lo poco que tenía en el estómago.
Corrí lo mas rápido que las piernas me lo permitieron, llorando como nunca había llorado antes y me avergüenzo un poco de esto, pero, lloré más con este suceso que cuando mi padre murió. Cuando hube llegado al pueblo me sequé las lagrimas y me toqué los labios intentado revivir ese beso que nunca mas iba a sentir.
-¡Oh Jack! Podría haber sido tan diferente. –Dije mientras las lágrimas volvían a brotar de mis ojos.

sábado, 12 de enero de 2013

3. MALOS PRESAGIOS.



Domingo, por fin. El único día que no trabajaba. ¿Las razones? Pues que Josep Peron, el dictador, era cristiano. A mí me daba igual lo que ese cabrón fuera, con tal de poder “descansar” un día era feliz.  Y digo “descansar” porque aunque no trabajara en las minas, tenía que dedicarme a otras tareas domésticas.
Me permití despertarme un poco más tarde y remolonear un poco en la cama, al final me  levanté a las 8 de la mañana. Había dormido bien, eso era lo único bueno de trabajar tanto, que luego la cama la cogías como un regalo divino.
-Mama… -susurré a mi madre mientras le empujaba un poco. No se despertó, preferí no insistir más. Estaba mejor dormida, así por lo menos no se pasaba toda el día compadeciéndose.
Me levanté con cuidado y prepare dos escasos desayunos. Uno lo guarde para mi madre y el otro me lo comí rápidamente, aunque quisiera no habría tardado mucho en terminármelo, era una miseria.
Con las tripas rugiéndome me fui a la calle, buscaría algo en las basuras antes de que nadie se me adelantara y puede que si tenía suerte alguien me diera algo de dinero por la calle.
Cuando llegué a los contenedores más cercanos a mi casa vi una silueta que rebuscaba entre la basura, me acerqué lentamente para no asustarle pero entonces reconocí unos tirabuzones negros que me resultaban muy familiares.
-Las manos arriba, esto es una inspección –Le dije medio gritando y poniendo la voz grabe. Ella pego un salto del susto y se cayó dentro del contenedor. No pude evitar soltar una carcajada.
Asomo su cabecita por el contenedor temblando y cuando me vio riéndome se levantó y salió.
-Joder Dulce, sabes que no me gustan estas bromas de mal gusto. Se me encoge el corazón.
-Los sustos son buenos –le dije sonriendo –aumenta el ritmo cardiaco y esto hace que tu corazón bombeé más sangre.
-¿Y tú como sabes eso? –dijo volviendo a meter la cabeza en el contenedor y sacando una bolsa con restos de pescado. No hubo repuesta por mi parte.
-¿Has vuelto a colarte en la escuela? –Me preguntó escandalizada tirando el pescado dentro del contenedor de nuevo.
-No, colarme no, no desde lo de la última vez. –Ella soltó un suspiro de alivio.
-¿Entonces? –me preguntó todavía bastante nerviosa y preocupada.
-Bueno, solo he puesto la oreja detrás de la puerta. –Al oírme negó con la cabeza.
-Sabes que no puedes hacer eso. Nosotros no podemos estudiar, tenemos que trabajar, y si te sobra tiempo para cotillear en la escuela puedes aprovecharlo para conseguir más dinero.
-Ya trabajo muchas horas seguidas. No me parece mal que cuando tengo un ratito me cuele y escuche a escondidas ¿Qué tiene de malo? Es cultura. Antes obligaban a los niños a estudiar. Tenían mucha suerte.
-Antes es antes y ahora es ahora –dijo desviando su mirada de mis ojos y volviendo a coger otra bolsa, la abrió y el rostro se le iluminó. Había conseguido algo comestible. –Además, antes a ellos no les parecía que eso fuera suerte, a la mayoría no les interesaba la escuela lo más mínimo.
No hablamos más del tema. Yo sabía que no iba a cambiar su forma de pensar, además, no iba del todo desencaminada. Mi madre me solía contar-antes de caer en esta horrible depresión- que cuando ella era joven la mayoría de chicos de su clase o de otras no querían ir a la escuela, ella en cambio sí. Yo no sé de qué grupo habría sido; si de los vagos que no querían estudiar, o de los que tenían interés en aprender cosas nuevas. Puede que ahora que casi nadie podía estudiar la idea de hacerlo me pareciera más atractiva, siempre he sido un poco rebelde.
Recogí unas cuantas cosas comestibles y luego me encaminé con Annie al lado hacia casa. En el trayecto pasamos por delante de un parque donde los niños –la mayoría estudiantes –jugaban tranquilamente sin ninguna preocupación. Mientras que la mayoría de ellos me miraban  con cara de asco y de pena yo sentía una envidia enorme por ellos.
Estaba tan abstraída que no me percaté de que un balón se acercaba a Annie y a mí. Miré para abajo y lo ví en mis pies, entonces un chico castaño de ojos verdes se acercó a nosotras lentamente. Me resultaba familiar, me parecía haberlo visto unas cuantas veces, seguramente cuando me colaba en la escuela. Creo que tenía 17 años, uno más que yo, pero no estaba del todo segura. Era atlético, tenía la espalda ancha y la camiseta pegada por el sudor hacia que se notaran los abdominales. Su cabello castaño y limpio y sus ojos verdosos le hacían ser bastante atractivo. Se acercó hasta quedar a escasos metros de nosotras, yo no podía despegar mi mirada de él, y él no podía despegarla de mí. Al principio noté como me sonrojaba, pensando en que le podía haber parecido tan atractiva como el me lo parecía a mí, pero enseguida descarte esa idea y volví a la realidad. Lo que él estaba viendo era una chica sucia y que apestaba, con el pelo graso y los ojos apagados, sin una chispa de vitalidad y unas cuantas bolsas de lo que para él sería basura mientras que para mí era mi comida de hoy.
Pensé que se reiría de mí, como la gran mayoría de personas de clase alta con las que me cruzaba, pero en vez de eso sonrió y me hizo una señal para que le pasara la pelota. Yo le dí una patada, intentando no caer al suelo y cuando la hubo recogido y se la lanzó a sus compañeros se giró de nuevo hacia mí.
-Gracias –me dijo antes de girarse y correr hacia su grupo. Muchos de sus amigos se habían quedado mirándome asqueados, y otros me miraban por encima del hombro, pero bueno, yo ya estaba acostumbrada a eso, en cambio, a que alguien me diera las gracias no.
Cuando conseguí serenarme vi como Annie me miraba preocupada.
-El no Dulce. No es como nosotras.
Yo hice como si no supiera de lo que estaba hablando y seguimos andando, pero en mi cabeza sonaba una y otra vez lo que me había dicho Annie; El no Dulce. No es como nosotras. La verdad es que Annie tenía razón, por desgracia la tenía.
Tardamos un cuarto de hora en llegar a casa de Annie. Me había convencido para que me pasara por allí y mirara a su abuela un poco, decía que igual yo había aprendido algo en la escuela que nos pudiera ser útil para saber que le pasaba, aunque yo sabía que no iba a ser suficiente y en el interior Annie también lo sabía.
-¿Abuela? –gritó Annie al entrar en el minúsculo piso en el que vivían.
Nadie contestó.
-¿Abuela? –volvió a preguntar.
Silencio de nuevo.
Noté como empezaba a acelerarse y a ponerse nerviosa. Se metió dentro de la casa mientras gritaba su nombre. No estaba en ninguna habitación, cuando iba a entrar al baño la puerta cerrada se lo impidió.
-¿Abuela estás ahí? –gritó mientras golpeaba la puerta.
-Eh tranquila –le dije cuando vi que estaba demasiado nerviosa.
Antes de que pudiera decir nada más oímos la puerta cerrarse. Annie salió corriendo y yo fui detrás de ella.
-Abuela –dijo Annie lanzándose a sus brazos –Te dije que no salieras sola.
-Cuidado con el camión, puede cambiaros la vida, puede destrozaros. –Dijo Rosa, la abuela de Annie mirándonos fijamente. Annie se despegó de ella despacio y se giró hacia mí.
-Ya empiezan los delirios –me dijo. Yo le sonreí de medio lado.
De repente Rosa empezó a hablar, con un tono de voz oscuro que no se parecía para nada al suyo.
-Cuando caiga la noche
volved rápido al hogar
Si caso no me hacéis,
vuestra vida peligrará.
Camiones con presas
que se disponen a mutilar
si no hacen lo que les ordenarán.
Una niña curiosa no lo podrá evitar
y a ese camión oscuro se acercará.
Noticias de media noche
 solo problemas traerán
a la familia de dos niñas
que quietas se deberían de quedar.
Después de decir esto se dio media vuelta y se metió en su cuarto.
Annie y yo nos quedamos un rato en silencio.
-Hoy estaba más alterada que nunca –dijo Annie hundiendo su cara en sus manos. –No aguanto más. Hay veces que me da mucho miedo.
Yo me acerqué a ella y la abrace. Es cierto que no me gustaban los abrazos, nunca me habían gustado demasiado, pero sabía cuándo alguien necesitaba uno, y no me costaba nada dárselo además, ella era mi mejor amiga.

jueves, 3 de enero de 2013

2.HONGOS Y PUTREFACCIÓN ´



-¡Vale, los del turno B tienen 5 minutos para almorzar! –gritó uno de los que nos vigilaban.
Unas 20 personas incluyéndome a mí y a Annie salimos a la superficie y sacamos unos bocatas. Todos eran hombres, de unos 14 a 30 años, aunque los de 14 parecían tener 20. Todo el mundo se había vuelto un poco más maduro, era normal porque si te lamentabas te morías. Así funcionaban las cosas aquí.
-Cinco minutos es una miseria. Siempre me atraganto con el bocadillo –se quejó uno de los hombres de 30 años. Era curioso, pues los mayores eran los que más se quejaban.
-Confórmate con que nos dejan almorzar –le contesté yo sin ni siquiera mirarle a la cara. No me hizo falta, pude notar su mirada clavada en mí. Ese hombre me sacaba de mis casillas. Era el ser más quejica que conozco y que conoceré, a todo le ponía pegas. Se llamaba Antón. Al cabo de los años no me he quedado con “Antón el quejica” Sino con “Antón el hombre que me ayudo a escapar” pero eso paso más adelante, bastante más adelante.
Terminamos de comer en silencio, más que nada porque si hablábamos no nos terminábamos el bocadillo. Cuando acabe de comer mire hacia donde el guardia reía con otros compañeros mientras comían una tarta, debía ser el cumpleaños de alguno de ellos.
-Hace siglos que no pruebo una tarta. –Dije saboreándola en la distancia como si me estuviera llevando un cacho de ella a mi boca.
Annie me miró y me sonrió, todavía le quedaba la mitad del bocata y solo quedaban dos minutos para volver a entrar. Annie comía demasiado despacio, nosotros no podíamos permitirnos tardar en nada, teníamos que correr, hacer todo rápido, pero perfecto, o si no lo pagaríamos caro.
-Vamos Annie, date prisa o no te lo podrás terminar. –Le dije preocupada, ella no me miró y acelero un poco. Yo sonreí satisfecha, con lo delgada que estaba si no comía no aguantaría una jornada completa en la mina y necesitábamos el dinero.
El guardia que antes nos había anunciado que era la hora del almuerzo se acercó a nosotros  resoplando pues había tenido que dejar de celebrar el cumpleaños de su compañero.
-Vamos, adentro. –Dijo con un tono de voz cortante.
Todos obedecimos y tras tirar al suelo los papeles –cosa que no me hace nada de gracia –nos metimos de nuevo en la mina. Bajamos por los pasadizos y cogimos nuestras palas. No nos permitían hablar mientras trabajábamos. Estoy segura de que si respirar no fuera crucial para sobrevivir tampoco nos dejarían hacerlo, bueno, a no ser que les pagáramos con algo, todo costaba dinero, todo menos la libertad.
Terminamos el trabajo a las 5 de la tarde, sin tener otro descanso. Daba igual que llevara casi toda mi vida trabajando con los mismos horarios, siempre acababa agotada y por si fuera poco luego en casa tenía que preparar la comida. Alguna vez que había vuelto más cansada de lo normal a casa y con más cansada me refiero casi muerta nuestros “compañeros” de piso nos habían hecho la comida, pero como he mencionado antes, todo costaba algo y ese algo era dinero, por eso no podía permitirme llegar cansada.
-Ya descansaremos cuando estemos muertos –solía repetirme mi padre. Antes no lo entendía, pues solo era una niña, pero ahora eso me daba las fuerzas para no derrumbarme.
El camino a casa fue como siempre, Annie miraba al suelo, esquivando las miradas de los militares, yo les intentaba sostener la mirada, no quería que supieran que les tenía miedo aunque eso me hiciera meterme en problemas. Antes de llegar a casa entramos en una pequeña tienda donde comprábamos un poco de comida por un módico precio, lo malo de esa comida era que aunque tuviera un aspecto sano, era recogida de los contenedores de los supermercados que no se habían cerrado por la crisis, aunque a estas alturas nadie hacia ascos a ninguna comida.
La tendera nos saludó contenta de vernos. Cada día morían muchas personas, normalmente niños, de un día a otro podías quedarte sin amigos por culpa de alguna estúpida enfermedad para la que no teníamos la cura o por desnutrición. Esas eran las principales causas de las muertes.
-¿Qué tienes de hoy Clara? –le pregunté en cuanto estuvimos a su altura.
-Pues hoy nos han llegado estas pechugas de pollo caducadas de ayer y estos yogures mal cerrados. –Me dijo sacando ambas cosas.
-¿Y cuánto cuesta? –Pregunté rebuscando en mi bolsillo.
-Los yogures 5 euros y la pechuga 15.
Levanté la cabeza y le sostuve la mirada un rato. No me alcanzaba para ambas, y solo con una cosa no íbamos a comer hoy.
-¿Y qué tienes de otros días? –pregunté resoplando.
Ella sonrió y se hecho para un lado, enseñándome toda clase de alimentos, unos en peor estado que otros. Yo y Annie nos acercamos y observamos todos.
Al final Annie cogió un par de yogures de hacía 6 días que estaban caducados por 3 euros –una ganga- y dos latas de sardinas que apestaban desde lejos por 4 euros.

Yo opté por dos pechugas de 10 días y dos hogazas de pan. En total me costó 10 euros.
Nos despedimos de Clara y salimos de la tienda que olía a hongos y a putrefacción.
Acompañe a Annie a la puerta de su casa donde su abuela me saludó y me dio dos ojas de lechuga que había encontrado plantadas por algún lado. Luego me dirigí a mi casa, estaba cansada pero no tanto como para pagar a mis compañeros.

1.QUE LA FUERZA TE ACOMPAÑE



Me desperté a las 5.30 de la mañana. Me puse el mono y las botas. Hoy, como todos los días desde que tenía 7 años, tenía que ir a las minas a trabajar.
Salí del cuarto con cuidado de no despertar a mi madre. Llevábamos durmiendo juntas desde que mi padre murió. Una de las razones para ello era que habíamos alquilado el cuarto de al lado a otra familia, así nos costaba menos mantener la casa, si no solo con mi salario no nos daría para todo. Si mi madre hubiera podido trabajar, la cosa habría sido diferente, pero tras el accidente que mató a mi padre ella se quedó paralitica.
Salí de casa y me dirigí a las minas. Ahí me esperaba mi mejor amiga Annie. Ella vivía en una situación parecida a la mía, al no tener hermanos era ella la que tenía que trabajar en las minas, como yo, pero ella vivía con su abuela, pues sus padres habían desaparecido hacía 5 años. Todos les dábamos por muertos, hasta Annie.
-Buenos días Annie ¿Cómo has dormido hoy? –le pregunté simulando una sonrisa.
Ella me miró y puso sus ojos en blanco, yo reí.
-Mi abuela casi no me ha dejado dormir. Decía que iban a venir a por nosotros, que teníamos que irnos, que no esperáramos a nadie y cosas así. Lleva demasiado tiempo con sus delirios.
-¿Te ha dicho algo más el medico?
-¿Qué va a decirme? El gobierno no le deja mecanismos ni para hacerle un escáner cerebral.
-Son unos desgraciados. ¿Es que no ven que vamos a morirnos como no hagan algo?
Annie me miró con los ojos como platos.
-No digas eso, nos pueden oír.
-Pues que nos oigan. –Dije yo, cogí la pala y me metí en la mina.
Annie me siguió por detrás sin decir nada más. Yo sabía que hablar de estas cosas no estaba bien, no estaba nada bien. Pero no aguantaba más, después de la gran crisis que hubo en España todos nos tuvimos que apañar como pudimos. El norte fue el menos afectado, donde vivíamos nosotras, pero aun así nos tocó escondernos y no hablar demasiado alto. Si aquí, que fue el lugar menos afectado, los niños de 5 años ya empezaban a trabajar en minas o en fábricas, explotados y mal pagados, viviendo en casa compartidas con más familias, sin casi ropa, ni espacio, ni nada, imaginaos como fue en el sur. Murió más de la mitad de la población, y cuando digo murió, me refiero a que los asesinaron. Está claro que no dijeron nada ni salió en las noticias, pues en las noticias ya no se hablaba de nada que no estuviera permitido, pero yo lo sabía, todos lo sabíamos. ¿Los motivos que nos llevan a pensarlo? Bueno, en primer lugar no había trabajo ni para un cuarto de la población, lo único que hacían era mendigar y vivir de los ricos que sentían pena por ellos, pero el gobierno,  que ahora estaba liderado por un dictador, pensó que ese dinero les vendría bien a ellos. Claro está que eso tampoco salió de sus bocas y los ricos siguen donando sin saber que ese dinero lo están gastando personas que se callan como putas. Así pues la gente empezó a morir de hambre, de frio y de enfermedades. Si, puede que nadie matara a nadie con pistolas o cámaras de gas, pero los mataron de una manera más cruel aún, dejaron que se murieran. A el norte no tardaría en llegar esa situación, estaba segura, pero esperábamos tener un plan para entonces o que los países de fuera se dieran cuenta de lo que estaba ocurriendo y de alguna manera nos rescataran. ¿Pero quién se iba a enterar de eso si ni siquiera les importaba a donde iba destinado su dinero? Estábamos en un agujero negro, mucha gente había preferido suicidarse, puede que fuera la mejor opción, pero la mayoría carecíamos del valor necesario para ponerlo en práctica, además, algo dentro de nosotros nos daba fuerzas para seguir luchando, para no rendirnos, algo dentro nos decía que alguien nos salvaría. Muchos lo llamaban fe, yo no sabía cómo llamarlo, pero estaba segura de que algo pasaría, no era justo lo que nos estaba pasando, no era nada justo. Pero que sabría yo, solo tenía 16 años y muchas ideas en la cabeza.