Me desperté sobresaltada, sudando y con la respiración
agitada, por lo que recuerdo, las pesadillas me habían acompañado esta noche.
Me estiré debajo de las sabanas y cuando me di la vuelta vi
a Iban, dormido tranquilamente. Miré el pequeño reloj que descansaba sobre su
mesilla; 5:20. Me había despertado 10 minutos antes de lo que tardaría el
despertador en sonar, lo cogí en mis manos y trastee hasta apagarlo para no
despertar a Iban, hoy tendría clase. Una oleada de envidia me golpeo. Por un
momento pensé en no ir hoy a las minas y colarme en el colegio, pero enseguida
aparte esa opción de mi cabeza y me sentí avergonzada por haberlo pensado.
-Tienes a una madre paralitica a tu cuidado y piensas en
estudiar, déjate de tonterías Dulce, ¿para qué te va a servir? - me dije a mi
misma.
Me levanté de la cama, y maldecí por lo bajo al acordarme de
que en esta casa no tenía ni las botas ni el mono para las minas, luego recordé
la caja a la entrada de estas con monos y botas mugrientos para los que no
poseían unas o se les habían olvidado, no creía que nunca los hubieran lavado y
además como no llegaras de los primeros te quedabas sin ellos, y bajar a las
minas con ropa normal y zapatos –o descalzo, por desgracia- no era una buena
opción.
Mientras salía de la habitación una imagen de Jake sonriendo
me hico sentir un escalofrío. Me obligue a dejar de pensar en él, sin mucho
existo. Nadie conocía nuestra historia salvo Iban. Solo quedaba constancia de
ella en mi cerebro y en los papeles robados que descansaban otra vez debajo de
mi camiseta.
-Vamos Annie despierta, tenemos que conseguir botas y mono
antes de que se acaben –le dije mientras le agitaba en la cama intentando no
despertar a su abuela. Ella soltó un gruñido extraño y abrió los ojos de golpe,
al ver que era yo los volvió a cerrar y se dio la vuelta. Yo reprimí una risa y
me tumbe encima de ella echando todo mi peso sobre ella.
-¡Mmmmmmh! –se quejó ella intentando quitarme de encima pero
al no conseguirlo se rindió y se levantó. -¿Qué hora es? –me preguntó
adormecida y enfadada, yo no pude evitar soltar una carcajada.
-Tranquila, si salimos ya nos da tiempo.
Ella asintió.
Cuando estábamos a punto de salir por la puerta intentando
hacer el menor ruido posible un ruido en la cocina nos detuvo.
-¿Eh a dónde vais? –preguntó Azucena saliendo a tropezones
de la cocina con un plato lleno de galletas en las manos. –Primero a desayunar.
Cuando hubimos desayunado –la comida más satisfactoria que
he comido en mi vida –y después de que nos estrangulara abrazándonos salimos de
la casa.
-Es maja. –Le dije a Annie una vez estuvimos fuera.
-¿Maja? Esta mujer es un amor. –Dijo ella sonriendo al sol,
que hoy había salido fuerte para alegría de los pájaros, quienes entonaban
canciones preciosas que hacían que por un momento olvidaras donde vivías.
-Tiene algo raro… -Dije yo bajito.
-¿Algo raro? Nos cuida como si sería nuestra madre, ¡Que
digo! Mucho mejor.
-Por eso mismo tiene algo raro… nadie nunca nos ha tratado
tan bien, además…
-¿Qué pasa Dulce? –me dijo Annie parándose en seco.
Yo me paré también y le sostuve la mirada para luego volver
la cabeza y mirar a la casa, no sé si fueron mis imaginaciones pero vi como alguien
cerraba las cortinas de sopetón, como si le hubiera pillado haciendo algo malo.
Volví a mirar a Annie, quien me miraba sin entender nada.
-No se… creo que intentaba distraernos, hacer que llegáramos
tarde a propósito.
-¿Pero qué dices? ¿Por qué iba a hacer algo así? –me contestó
ella horrorizada.
-¿Y tú porque la defiendes? Annie, la acabamos de conocer,
no es tu madre. Es una desconocida de lo más extraña que nos deja ducharnos,
comer en su casa y dormir en sus cómodas camas. Algo va mal, estoy segura.
-Tú y tus comeduras de cabeza –dijo Annie negando con la
cabeza. –Igual solamente es una mujer que entiende nuestro dolor y quiere que
vivamos mejor de lo que vivimos.
-Será eso. –Dije, pero en realidad no lo creía, pero no
quería seguir discutiendo con Annie. Ella necesitaba una madre, y Azucena se había
comportado más como una en un día que su abuela en toda su vida.
Seguimos el camino y cuando no llevábamos ni la mitad
escuchamos una bocina que anunciaba el primer turno. Annie y yo nos quedamos
paralizadas un momento y luego echamos a correr.
-Mierda, mierda, mierda –repetía Annie una y otra vez.
Yo no podía hablar, estaba demasiado asustada. Todavía nos
quedaban 20 minutos que caminar y normalmente a las personas que llegaban tarde
no les iba muy bien… tenías suerte si solo te alargaban el turno. Muchas veces
habían azotado fuertemente y humillado públicamente a los tardones.
Corrimos lo más rápido que nuestras piernas nos lo
permitieron y después de un cuarto de hora más o menos llegamos. Estábamos
aterrorizadas, temblando, sudando y esperando lo peor. Un guardia –el mismo de
la tarta de cumpleaños del otro día –nos vio y se acercó ferozmente a nosotras.
-¿En qué turno estáis? –Dijo seriamente cuando llego a
nuestra altura.
Intente que no me temblara la voz, pero a causa de la
corrida y del miedo que me corría por la sangre no lo conseguí.
-E-en- el B –dije.
Annie me miró horrorizada y yo intenté calmarla con la
mirada, pero no podía, estaba demasiado asustada.
-¿Sabéis que llegáis 20 minutos tarde? –Dijo el guardia
serió, pero noté un cierto grado de diversión en la voz.
-Maldito hijo de puta –pensé -¿Cómo puede divertirte esto?
-Sí. –Dijo Annie a quien las lágrimas ya le habían inundado
los ojos. –Lo sentimos mucho señor, hemos venido corriendo pero… pero no ha
sido suficiente. Lo siento, lo siento, lo siento. –Repitió mientras lloraba
desconsoladamente y luego se tiró de rodillas en el suelo apoyando la cabeza en
ambas manos.
El guardia sonrió fríamente y me dieron ganas de matarlo, de
ahorcarlo y de torturarlo.
Aparto la mirada de Annie quien no podía parar de llorar y
la clavo en mí.
-¿Tu porque no lloras? –me dijo acusándome con un dedo.
Con solo ese gesto consiguió transformar todo el miedo que
sentía por rabia.
-¿Y porque ella está llorando? –le dije sin dejar de mirarle
a los ojos. Él se desconcertó un momento y luego soltó una carcajada.
-Túmbate en el suelo y suplícame que no te azote porque si
no lo haré, y con mucho gusto.
No le hice caso. Me quedé de pie, retándole con la mirada, sabía
que tumbarme solo serviría para humillarme más y no evitaría que me azotara y
torturara.
-¿Qué pasa es que no me has oído? –me gritó. Vi como un par
de guardias a lo lejos se giraban y luego seguían a lo suyo.
-¡Túmbate por el amor de dios Dulce! –me gritó Annie desde
el suelo, yo no le miré, no quería ver todo el terror de sus ojos, lo podía notar
desde aquí.
-Nos va a azotar de todas maneras ¿es que no lo ves? –le dije
a Annie manteniendo la mirada a ese horrible hombre que ahora sonreía. Sabía
que retándolo de esta manera podía conseguir que Annie se salvara del castigo y
que solo me pegara a mí, los guardias son demasiado orgullosos.
-Levántate del suelo. –Le dijo a Annie y esta obedeció de
inmediato. –Vete dentro de la mina y hoy trabajarás hasta el último turno con
solo un descanso.
Annie soltó un grito ahogado de horror.
-Per-pero señor, eso es hasta las 10 de la noche…
Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.
-¡Que te metas te he dicho! –le gritó de nuevo.
Annie palideció y se fue corriendo, yo le seguí con la
mirada para que ningún otro guardia la detuviera, cuando vi que se había metido
sana y salva volví a mirar a aquel hombre. Creía recordar que se llamaba Rayan.
Era muy conocido por su gusto por adolescentes. Al pensar en eso el estómago se
me encogió. ¿Qué diablos había hecho? Puede que los guardias no fueran los
únicos con demasiado orgullo.
-Veamos… ¿Qué vamos a hacer contigo? –dijo mientras daba
vueltas a mi alrededor, luego se colocó detrás de mí y me apartó el pelo de la
espalda colocándolo a un lado. Un escalofrió me recorrió la columna. –Esta muy
limpia ¿sabías? Puede que demasiado… bueno, mejor para mí -Su voz ronca le
delató y a mí me dieron ganas de pegarle una patada en las pelotas y salir
corriendo de allí, y eso hice.
No me giré para mirarle pues sabía que debía de estar
tumbado en el suelo, pero si vi como los dos guardias de antes se dirigían hacia
mí con sus armas al hombro. Corrí tan deprisa que no notaba las piernas. No sabía
a donde dirigirme. Estaba tan asustada, tan alterada que no me di cuenta de que
un tronco yacía en el suelo hasta que me tropecé con él y caí de bruces en el
suelo. Intenté levantarme, pero unas pesadas botas en mi espalda me lo
impidieron, mierda, era demasiado tarde, ahora sí que la había cagado.
Una fría mano me sujeto del brazo y me levantó bruscamente,
yo me deje y me sostuve en las piernas temblorosas. A lo lejos vi como el mismo
guardia al que había pegado semejante patada se levantaba y se dirigía a mi
furioso. Cuando llegó a mi altura dos hombres me sujetaban cada uno de un
brazo, intentando que me fuera imposible la huida y que me callera al suelo.
-Pedazo de zorra. –Dijo, lo que provocó risas en uno de los
guardias, el otro me miraba fijamente, parecía… ¿preocupado? No, lo dudo. –Dejármela
a mí. –Dijo hablando con los dos guardias.
El de la derecha me
soltó y cuando apoye la pierna un terrible dolor se apodero de ella. Rayan soltó
una carcajada amarga, que enseguida silenció.
-¿Es que no me has oído? ¡Que yo me encargo! –le gritó al
guardia que seguía sosteniéndome. Noté como se ponía rígido y le miré a la
cara.
Era rubio, tenía los ojos grises y la mandíbula apretada, no
debía tener más de 25 años, era bastante atractivo, pero el hecho de que fuera
un guardia le quitaba todo el encanto que podría tener.
-¿Qué va a hacer con ella?
Rayan volvió a soltar otra carcajada más sonora que la
anterior.
-¿Qué pasa Carlos, es que te da pena? ¿Es que no has visto
que me ha hecho? Esta puta necesita un escarmiento.
-Señor, con el debido respeto, es una cría, creo que lo que
tiene en mente no es lo más conveniente.
-¿Me vas a decir tu a mí lo que es conveniente? Fuera.
Ahora.
-No tendrá más de 16 años.
-Más diversión.
-Señor...
-¡Que te vayas joder si no quieres que te pegue un tiro
ahora mismo!
Carlos agarro más fuerte mi brazo. ¿Por qué me resultaba tan
familiar este hombre?
-Creo que tendrá que pegarme un tiro. –Le dijo poniéndose tenso.
Rayan volvió a reír.
-¿Qué pasa que quieres tenerla toda para ti? Mira, después de
desahogarme yo te la dejo a ti, no hay ningún problema, pero ahora, fuera.
-No.
El gesto de Rayan cambió por completo. Ahora estaba más
enfadado todavía. Se acercó amenazante hacia él. Giré la cabeza y volví a
prestar toda mi atención en el rostro de ese hombre. Tenía los ojos grises pero
no parecían naturales, me fije más en ellos y vi como un plástico rodeaba su
ojo. Extrañada me fije en su pelo rubio y vi como tenía unas raíces morenas,
invisibles a primera vista. Su piel estaba bronceada ligeramente y tenía el
tronco ancho.
-Que te vayas. –Volvió a amenazarle Rayan y subió su pistola
hasta quedar apuntando a su cabeza.
En ese momento algo en mi cabeza se activó y contuve un
chillido. Ese hombre que me defendía era el mismo muchacho que me robo mi
primer beso. Era Jake.
Volví a mirar a Rayan quien estaba a punto de apretar el
gatillo y otra vez a Carlos-Jake quien le miraba fijamente.
-¡No! –grité soltándome del brazo de Jake y moviendo de un
golpe la pistola de Rayan, apretó el gatillo pero por suerte era tarde y el
disparó se perdió entre la maleza del bosque, a pocos pasos de aquí. Rayan me
miró furioso y volvió a apuntar con el arma. -¡No! Iré contigo. Iré contigo
pero no le hagas nada.
Rayan bajo el arma y me miró con una sonrisa triunfal, me
agarro del brazo acercándome más a él y luego miró a Jake quien estaba
confundido y alterado.
-Tú y yo hablaremos más tarde. –Le dijo escupiendo las
palabras.
Me llevo con paso rápido –lo más rápido que mi pierna me lo permitió
–a una cabaña que olía a humo y a café.
Sentía miedo por lo que este hombre pudiera hacerme pero también
sentía una sensación extraña que
apartaba todo lo demás. Jake estaba vivo. Estaba vivo y se acordaba de mí.
Un fuerte golpe me saco de mis pensamientos. Era Rayan que había
cerrado la puerta de un portazo.
-Bien, bien, bien, bien. Por fin solos. –Dijo acercándose lentamente
a mí, yo como acto reflejo me eché lo más que pude para atrás hasta que me
choque contra la pared. –No sé qué mosca le ha picado a ese subnormal, pero se
va a cagar.
-¡No! No le hagas nada por favor. –No quería llorar, peor se
me hacía muy difícil contener las lágrimas. No podía volver a perderle.
Se quedó un rato quieto, pensativo.
-Bueno, no sé por qué tanto drama pero me da igual. Si no
quieres que le haga nada vas a hacer todo lo que te pida siempre que te lo pida
¿entendido?
Yo asentí con la cabeza.
-Primero ¿Cómo te llamas?
-Dulce.
-Mmh… me gusta ese nombre –dijo y se acercó hasta quedar
casi pegado a mí.
-¿Cuántos años tienes Dulce?
-Dieciséis.
Dio un pasito más. Ahora su aliento se juntaba con el mío.
Esbozo una sonrisa.
-Genial… -susurro. –Dulce, de dieciséis años, ahora eres
mía.
Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. El colocó ambos
brazos al lado de mi cabeza y su acercó a mi cuello. Empezó a succionar
mientras yo rezaba porque un meteorito callera en la tierra o pasara algo que detuviera
el tiempo.
-Vamos… dame un poco de juego preciosa… -susurro contra mi
cuello. Yo no sabía qué hacer, estaba paralizada del miedo, entonces se separó
bruscamente de mí.
-¡Que me toques o mato a ese rubio hijo de puta y a tu amiga
la pequeña zorra!
Acto reflejo estiré los brazos y empecé a masajear sus
abdominales, el cambió otra vez la cara.
-Muy bien. Ahora quítame los pantalones.
-¿Qué? No, no…
-¡Que me los quites!
Desabroche el botón de los pantalones y baje la bragueta, el
empezó a moverse y cayeron hasta el suelo. Luego empezó a acariciarme los
muslos y me dio la vuelta apretándome contra la pared.
Mentiría si dijera
que no sentí ganas de llorar, de gritar, de pedir auxilio, de pedirle a alguien
que me ayudara. Pero fue inútil. Las lágrimas no salían, y nadie me oía. Rayan,
cansado de oírme gritar me giro, dejándome cara a cara con él, con el que desde
entonces iba a ser el protagonista en mis peores pesadillas. Me tapó la boca
con una mano, haciendo demasiada fuerza, mientras con la otra manoseaba todo mi
cuerpo.
-Estate calladita, gritar no está dentro del trato, bueno… todavía
no. –Dijo y empezó a reírse.
Sentía ganas de vomitar, de llorar, pero lo que más sentía
era miedo por lo que ese cabrón pudiera hacerme. No tenía fuerza para
desprenderme de él, no podía pedir auxilio porque su mano no me dejaba. ¿Dónde
estaba ahora Jake? ¿Por qué piensas ahora en Jake, Dulce? Tú le alejaste de
este monstro, está mejor fuera de todo esto.
Sus manos sobre la cremallera del vestido de la hermana de
iban me hicieron reaccionar, la estaba bajando, bueno, bajar no era la palabra,
lo que estaba haciendo era romper el vestido entero. Después de terminar de
romperlo se bajó los calzoncillos y me dirigió otra sonrisa peor que las demás.
Lo demás ya os lo podéis imaginar.
No miento cuando digo que el peor momento de toda mi vida.
No miento cuando digo, que ahora, después de tanto tiempo, sigo sintiendo sus
manos frías encima de mí. Sigo sintiendo ese dolor desgarrador en mis peores
pesadillas, es algo que nunca podré olvidar, que siempre me acompañara.
Cuando hubo terminado me tiró al suelo. Yo no podía moverme,
no podía pensar, solo llorar. Los gritos ya no salían de mi garganta.
El desapareció, sin decir nada, sin hacer nada más, solo se
subió los pantalones y se esfumo, pero antes me dedico una sonrisa cruel, llena
de maldad, llena de odio y de orgullo ¿Orgullo? Como podía sentir orgullo. Era
un monstruo, todos los guardias lo eran, pero el más ¿Cómo era capaz de hacer
eso y luego marcharse, sin más? Me había
quitado la virginidad forzándome a ello y luego me había sonreído con un aire
de superioridad que hizo que llorara más. Siempre tendré grabada esa sonrisa en
mi mente.
Es verdad cuando mi madre decía que las personas malas nunca
sufren.
Y con ese pensamiento en la cabeza me estruje las rodillas,
las acerque a mi cuerpo y llore, llore más aún de lo que había llorado antes,
grité, grité como nunca había gritado.
A la media hora más o menos otro guardia apareció, era el
otro que me había detenido. Me tiró un mono a los pies y no aparto la mirada de
mí hasta que me lo hube colocado, luego sonrió y me abrió la puerta para que
saliera.
-Que ¿te ha gustado verdad? A todas les gusta. –Me dijo
cuando pase a su lado.
Me negaba a hablar, bueno, aunque lo hubiera intentado
tampoco habría podido. Me llevo hasta las minas y me dejo donde Annie trabajaba
sin parar.
-Hasta las diez. –Dijo sonriéndonos con un tono burlón. –Ah tú,
la castaña. –Me llamo –Dice Rayan que todavía no ha acabado contigo, que no olvides
vuestro trato.
Las piernas me fallaron y caí al suelo sobre mis rodillas.
¿Es que iba a tener que soportar esto más veces? Cuando el guardia se hubo
marchado Annie soltó la pala y se acercó a mí corriendo.
-¿Qué ha pasado Dulce? ¿Qué te ha hecho?
Yo negué con la cabeza pero empecé a llorar otra vez.
Ella se arrodillo en frente de mí.
-¿No te habrá… -no pudo terminar la frase. –Oh dios Dulce…
ven aquí. –Me dijo y me abrazo, yo le dejé abrazarme y apoye mi cabeza en su
pecho mientras ella acariciaba mi cabeza. –No puede volver a hacerlo, no puede…
-Sí, sí que puede. –Le dije enderezándome. –Puede y lo va a
volver a hacer, o si no te matara a ti, a mí y… -me quede callada. –Y a nuestra
familia. –Mentí, aunque puede que tampoco fuera mentira.
-Ven. –Me dijo y me volvió a abrazar. Pasados menos de dos
minutos nos levantamos y seguimos trabajando. Yo no podía parar de pensar en él,
en ese cabrón. Me iba a vengar de él. Necesitaba vengarme de él. Pero no podía.
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