martes, 22 de enero de 2013

6. DOLOR Y ALIVIO.



Me desperté sobresaltada, sudando y con la respiración agitada, por lo que recuerdo, las pesadillas me habían acompañado esta noche.
Me estiré debajo de las sabanas y cuando me di la vuelta vi a Iban, dormido tranquilamente. Miré el pequeño reloj que descansaba sobre su mesilla; 5:20. Me había despertado 10 minutos antes de lo que tardaría el despertador en sonar, lo cogí en mis manos y trastee hasta apagarlo para no despertar a Iban, hoy tendría clase. Una oleada de envidia me golpeo. Por un momento pensé en no ir hoy a las minas y colarme en el colegio, pero enseguida aparte esa opción de mi cabeza y me sentí avergonzada por haberlo pensado.
-Tienes a una madre paralitica a tu cuidado y piensas en estudiar, déjate de tonterías Dulce, ¿para qué te va a servir? - me dije a mi misma.
Me levanté de la cama, y maldecí por lo bajo al acordarme de que en esta casa no tenía ni las botas ni el mono para las minas, luego recordé la caja a la entrada de estas con monos y botas mugrientos para los que no poseían unas o se les habían olvidado, no creía que nunca los hubieran lavado y además como no llegaras de los primeros te quedabas sin ellos, y bajar a las minas con ropa normal y zapatos –o descalzo, por desgracia- no era una buena opción.
Mientras salía de la habitación una imagen de Jake sonriendo me hico sentir un escalofrío. Me obligue a dejar de pensar en él, sin mucho existo. Nadie conocía nuestra historia salvo Iban. Solo quedaba constancia de ella en mi cerebro y en los papeles robados que descansaban otra vez debajo de mi camiseta. 
-Vamos Annie despierta, tenemos que conseguir botas y mono antes de que se acaben –le dije mientras le agitaba en la cama intentando no despertar a su abuela. Ella soltó un gruñido extraño y abrió los ojos de golpe, al ver que era yo los volvió a cerrar y se dio la vuelta. Yo reprimí una risa y me tumbe encima de ella echando todo mi peso sobre ella.
-¡Mmmmmmh! –se quejó ella intentando quitarme de encima pero al no conseguirlo se rindió y se levantó. -¿Qué hora es? –me preguntó adormecida y enfadada, yo no pude evitar soltar una carcajada.
-Tranquila, si salimos ya nos da tiempo.
Ella asintió.
Cuando estábamos a punto de salir por la puerta intentando hacer el menor ruido posible un ruido en la cocina nos detuvo.
-¿Eh a dónde vais? –preguntó Azucena saliendo a tropezones de la cocina con un plato lleno de galletas en las manos. –Primero a desayunar.
Cuando hubimos desayunado –la comida más satisfactoria que he comido en mi vida –y después de que nos estrangulara abrazándonos salimos de la casa.
-Es maja. –Le dije a Annie una vez estuvimos fuera.
-¿Maja? Esta mujer es un amor. –Dijo ella sonriendo al sol, que hoy había salido fuerte para alegría de los pájaros, quienes entonaban canciones preciosas que hacían que por un momento olvidaras donde vivías.
-Tiene algo raro… -Dije yo bajito.
-¿Algo raro? Nos cuida como si sería nuestra madre, ¡Que digo! Mucho mejor.
-Por eso mismo tiene algo raro… nadie nunca nos ha tratado tan bien, además…
-¿Qué pasa Dulce? –me dijo Annie parándose en seco.
Yo me paré también y le sostuve la mirada para luego volver la cabeza y mirar a la casa, no sé si fueron mis imaginaciones pero vi como alguien cerraba las cortinas de sopetón, como si le hubiera pillado haciendo algo malo. Volví a mirar a Annie, quien me miraba sin entender nada.
-No se… creo que intentaba distraernos, hacer que llegáramos tarde a propósito.
-¿Pero qué dices? ¿Por qué iba a hacer algo así? –me contestó ella horrorizada.
-¿Y tú porque la defiendes? Annie, la acabamos de conocer, no es tu madre. Es una desconocida de lo más extraña que nos deja ducharnos, comer en su casa y dormir en sus cómodas camas. Algo va mal, estoy segura.
-Tú y tus comeduras de cabeza –dijo Annie negando con la cabeza. –Igual solamente es una mujer que entiende nuestro dolor y quiere que vivamos mejor de lo que vivimos.
-Será eso. –Dije, pero en realidad no lo creía, pero no quería seguir discutiendo con Annie. Ella necesitaba una madre, y Azucena se había comportado más como una en un día que su abuela en toda su vida.
Seguimos el camino y cuando no llevábamos ni la mitad escuchamos una bocina que anunciaba el primer turno. Annie y yo nos quedamos paralizadas un momento y luego echamos a correr.
-Mierda, mierda, mierda –repetía Annie una y otra vez.
Yo no podía hablar, estaba demasiado asustada. Todavía nos quedaban 20 minutos que caminar y normalmente a las personas que llegaban tarde no les iba muy bien… tenías suerte si solo te alargaban el turno. Muchas veces habían azotado fuertemente y humillado públicamente a los tardones.
Corrimos lo más rápido que nuestras piernas nos lo permitieron y después de un cuarto de hora más o menos llegamos. Estábamos aterrorizadas, temblando, sudando y esperando lo peor. Un guardia –el mismo de la tarta de cumpleaños del otro día –nos vio y se acercó ferozmente a nosotras.
-¿En qué turno estáis? –Dijo seriamente cuando llego a nuestra altura.
Intente que no me temblara la voz, pero a causa de la corrida y del miedo que me corría por la sangre no lo conseguí.
-E-en- el B –dije.
Annie me miró horrorizada y yo intenté calmarla con la mirada, pero no podía, estaba demasiado asustada.
-¿Sabéis que llegáis 20 minutos tarde? –Dijo el guardia serió, pero noté un cierto grado de diversión en la voz.
-Maldito hijo de puta –pensé -¿Cómo puede divertirte esto?
-Sí. –Dijo Annie a quien las lágrimas ya le habían inundado los ojos. –Lo sentimos mucho señor, hemos venido corriendo pero… pero no ha sido suficiente. Lo siento, lo siento, lo siento. –Repitió mientras lloraba desconsoladamente y luego se tiró de rodillas en el suelo apoyando la cabeza en ambas manos.
El guardia sonrió fríamente y me dieron ganas de matarlo, de ahorcarlo y de torturarlo.
Aparto la mirada de Annie quien no podía parar de llorar y la clavo en mí.
-¿Tu porque no lloras? –me dijo acusándome con un dedo.
Con solo ese gesto consiguió transformar todo el miedo que sentía por rabia.
-¿Y porque ella está llorando? –le dije sin dejar de mirarle a los ojos. Él se desconcertó un momento y luego soltó una carcajada.
-Túmbate en el suelo y suplícame que no te azote porque si no lo haré, y con mucho gusto.
No le hice caso. Me quedé de pie, retándole con la mirada, sabía que tumbarme solo serviría para humillarme más y no evitaría que me azotara y torturara.
-¿Qué pasa es que no me has oído? –me gritó. Vi como un par de guardias a lo lejos se giraban y luego seguían a lo suyo.
-¡Túmbate por el amor de dios Dulce! –me gritó Annie desde el suelo, yo no le miré, no quería ver todo el terror de sus ojos, lo podía notar desde aquí.
-Nos va a azotar de todas maneras ¿es que no lo ves? –le dije a Annie manteniendo la mirada a ese horrible hombre que ahora sonreía. Sabía que retándolo de esta manera podía conseguir que Annie se salvara del castigo y que solo me pegara a mí, los guardias son demasiado orgullosos.
-Levántate del suelo. –Le dijo a Annie y esta obedeció de inmediato. –Vete dentro de la mina y hoy trabajarás hasta el último turno con solo un descanso.
Annie soltó un grito ahogado de horror.
-Per-pero señor, eso es hasta las 10 de la noche…
Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.
-¡Que te metas te he dicho! –le gritó de nuevo.
Annie palideció y se fue corriendo, yo le seguí con la mirada para que ningún otro guardia la detuviera, cuando vi que se había metido sana y salva volví a mirar a aquel hombre. Creía recordar que se llamaba Rayan. Era muy conocido por su gusto por adolescentes. Al pensar en eso el estómago se me encogió. ¿Qué diablos había hecho? Puede que los guardias no fueran los únicos con demasiado orgullo.
-Veamos… ¿Qué vamos a hacer contigo? –dijo mientras daba vueltas a mi alrededor, luego se colocó detrás de mí y me apartó el pelo de la espalda colocándolo a un lado. Un escalofrió me recorrió la columna. –Esta muy limpia ¿sabías? Puede que demasiado… bueno, mejor para mí -Su voz ronca le delató y a mí me dieron ganas de pegarle una patada en las pelotas y salir corriendo de allí, y eso hice.
No me giré para mirarle pues sabía que debía de estar tumbado en el suelo, pero si vi como los dos guardias de antes se dirigían hacia mí con sus armas al hombro. Corrí tan deprisa que no notaba las piernas. No sabía a donde dirigirme. Estaba tan asustada, tan alterada que no me di cuenta de que un tronco yacía en el suelo hasta que me tropecé con él y caí de bruces en el suelo. Intenté levantarme, pero unas pesadas botas en mi espalda me lo impidieron, mierda, era demasiado tarde, ahora sí que la había cagado.
Una fría mano me sujeto del brazo y me levantó bruscamente, yo me deje y me sostuve en las piernas temblorosas. A lo lejos vi como el mismo guardia al que había pegado semejante patada se levantaba y se dirigía a mi furioso. Cuando llegó a mi altura dos hombres me sujetaban cada uno de un brazo, intentando que me fuera imposible la huida y que me callera al suelo.
-Pedazo de zorra. –Dijo, lo que provocó risas en uno de los guardias, el otro me miraba fijamente, parecía… ¿preocupado? No, lo dudo. –Dejármela a mí. –Dijo hablando con los dos guardias.
 El de la derecha me soltó y cuando apoye la pierna un terrible dolor se apodero de ella. Rayan soltó una carcajada amarga, que enseguida silenció.
-¿Es que no me has oído? ¡Que yo me encargo! –le gritó al guardia que seguía sosteniéndome. Noté como se ponía rígido y le miré a la cara.
Era rubio, tenía los ojos grises y la mandíbula apretada, no debía tener más de 25 años, era bastante atractivo, pero el hecho de que fuera un guardia le quitaba todo el encanto que podría tener.
-¿Qué va a hacer con ella?
Rayan volvió a soltar otra carcajada más sonora que la anterior.
-¿Qué pasa Carlos, es que te da pena? ¿Es que no has visto que me ha hecho? Esta puta necesita un escarmiento.
-Señor, con el debido respeto, es una cría, creo que lo que tiene en mente no es lo más conveniente.
-¿Me vas a decir tu a mí lo que es conveniente? Fuera. Ahora.
-No tendrá más de 16 años.
-Más diversión.
-Señor...
-¡Que te vayas joder si no quieres que te pegue un tiro ahora mismo!
Carlos agarro más fuerte mi brazo. ¿Por qué me resultaba tan familiar este hombre?
-Creo que tendrá que pegarme un tiro. –Le dijo poniéndose tenso.
Rayan volvió a reír.
-¿Qué pasa que quieres tenerla toda para ti? Mira, después de desahogarme yo te la dejo a ti, no hay ningún problema, pero ahora, fuera.
-No.
El gesto de Rayan cambió por completo. Ahora estaba más enfadado todavía. Se acercó amenazante hacia él. Giré la cabeza y volví a prestar toda mi atención en el rostro de ese hombre. Tenía los ojos grises pero no parecían naturales, me fije más en ellos y vi como un plástico rodeaba su ojo. Extrañada me fije en su pelo rubio y vi como tenía unas raíces morenas, invisibles a primera vista. Su piel estaba bronceada ligeramente y tenía el tronco ancho.
-Que te vayas. –Volvió a amenazarle Rayan y subió su pistola hasta quedar apuntando a su cabeza.
En ese momento algo en mi cabeza se activó y contuve un chillido. Ese hombre que me defendía era el mismo muchacho que me robo mi primer beso. Era Jake.
Volví a mirar a Rayan quien estaba a punto de apretar el gatillo y otra vez a Carlos-Jake quien le miraba fijamente.
-¡No! –grité soltándome del brazo de Jake y moviendo de un golpe la pistola de Rayan, apretó el gatillo pero por suerte era tarde y el disparó se perdió entre la maleza del bosque, a pocos pasos de aquí. Rayan me miró furioso y volvió a apuntar con el arma. -¡No! Iré contigo. Iré contigo pero no le hagas nada.
Rayan bajo el arma y me miró con una sonrisa triunfal, me agarro del brazo acercándome más a él y luego miró a Jake quien estaba confundido y alterado.
-Tú y yo hablaremos más tarde. –Le dijo escupiendo las palabras.
Me llevo con paso rápido –lo más rápido que mi pierna me lo permitió –a una cabaña que olía a humo y a café.
Sentía miedo por lo que este hombre pudiera hacerme pero también sentía  una sensación extraña que apartaba todo lo demás. Jake estaba vivo. Estaba vivo y se acordaba de mí.
Un fuerte golpe me saco de mis pensamientos. Era Rayan que había cerrado la puerta de un portazo.
-Bien, bien, bien, bien. Por fin solos. –Dijo acercándose lentamente a mí, yo como acto reflejo me eché lo más que pude para atrás hasta que me choque contra la pared. –No sé qué mosca le ha picado a ese subnormal, pero se va a cagar.
-¡No! No le hagas nada por favor. –No quería llorar, peor se me hacía muy difícil contener las lágrimas. No podía volver a perderle.
Se quedó un rato quieto, pensativo.
-Bueno, no sé por qué tanto drama pero me da igual. Si no quieres que le haga nada vas a hacer todo lo que te pida siempre que te lo pida ¿entendido?
Yo asentí con la cabeza.
-Primero ¿Cómo te llamas?
-Dulce.
-Mmh… me gusta ese nombre –dijo y se acercó hasta quedar casi pegado a mí.
-¿Cuántos años tienes Dulce?
-Dieciséis.
Dio un pasito más. Ahora su aliento se juntaba con el mío. Esbozo una sonrisa.
-Genial… -susurro. –Dulce, de dieciséis años, ahora eres mía.
Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. El colocó ambos brazos al lado de mi cabeza y su acercó a mi cuello. Empezó a succionar mientras yo rezaba porque un meteorito callera en la tierra o pasara algo que detuviera el tiempo.
-Vamos… dame un poco de juego preciosa… -susurro contra mi cuello. Yo no sabía qué hacer, estaba paralizada del miedo, entonces se separó bruscamente de mí.
-¡Que me toques o mato a ese rubio hijo de puta y a tu amiga la pequeña zorra!
Acto reflejo estiré los brazos y empecé a masajear sus abdominales, el cambió otra vez la cara.
-Muy bien. Ahora quítame los pantalones.
-¿Qué? No, no…
-¡Que me los quites!
Desabroche el botón de los pantalones y baje la bragueta, el empezó a moverse y cayeron hasta el suelo. Luego empezó a acariciarme los muslos y me dio la vuelta apretándome contra la pared.
 Mentiría si dijera que no sentí ganas de llorar, de gritar, de pedir auxilio, de pedirle a alguien que me ayudara. Pero fue inútil. Las lágrimas no salían, y nadie me oía. Rayan, cansado de oírme gritar me giro, dejándome cara a cara con él, con el que desde entonces iba a ser el protagonista en mis peores pesadillas. Me tapó la boca con una mano, haciendo demasiada fuerza, mientras con la otra manoseaba todo mi cuerpo.
-Estate calladita, gritar no está dentro del trato, bueno… todavía no. –Dijo y empezó a reírse.
Sentía ganas de vomitar, de llorar, pero lo que más sentía era miedo por lo que ese cabrón pudiera hacerme. No tenía fuerza para desprenderme de él, no podía pedir auxilio porque su mano no me dejaba. ¿Dónde estaba ahora Jake? ¿Por qué piensas ahora en Jake, Dulce? Tú le alejaste de este monstro, está mejor fuera de todo esto.
Sus manos sobre la cremallera del vestido de la hermana de iban me hicieron reaccionar, la estaba bajando, bueno, bajar no era la palabra, lo que estaba haciendo era romper el vestido entero. Después de terminar de romperlo se bajó los calzoncillos y me dirigió otra sonrisa peor que las demás.
Lo demás ya os lo podéis imaginar.
No miento cuando digo que el peor momento de toda mi vida. No miento cuando digo, que ahora, después de tanto tiempo, sigo sintiendo sus manos frías encima de mí. Sigo sintiendo ese dolor desgarrador en mis peores pesadillas, es algo que nunca podré olvidar, que siempre me acompañara.
Cuando hubo terminado me tiró al suelo. Yo no podía moverme, no podía pensar, solo llorar. Los gritos ya no salían de mi garganta.
El desapareció, sin decir nada, sin hacer nada más, solo se subió los pantalones y se esfumo, pero antes me dedico una sonrisa cruel, llena de maldad, llena de odio y de orgullo ¿Orgullo? Como podía sentir orgullo. Era un monstruo, todos los guardias lo eran, pero el más ¿Cómo era capaz de hacer eso y luego marcharse, sin más?  Me había quitado la virginidad forzándome a ello y luego me había sonreído con un aire de superioridad que hizo que llorara más. Siempre tendré grabada esa sonrisa en mi mente.
Es verdad cuando mi madre decía que las personas malas nunca sufren.
Y con ese pensamiento en la cabeza me estruje las rodillas, las acerque a mi cuerpo y llore, llore más aún de lo que había llorado antes, grité, grité como nunca había gritado.
A la media hora más o menos otro guardia apareció, era el otro que me había detenido. Me tiró un mono a los pies y no aparto la mirada de mí hasta que me lo hube colocado, luego sonrió y me abrió la puerta para que saliera.
-Que ¿te ha gustado verdad? A todas les gusta. –Me dijo cuando pase a su lado.
Me negaba a hablar, bueno, aunque lo hubiera intentado tampoco habría podido. Me llevo hasta las minas y me dejo donde Annie trabajaba sin parar.
-Hasta las diez. –Dijo sonriéndonos con un tono burlón. –Ah tú, la castaña. –Me llamo –Dice Rayan que todavía no ha acabado contigo, que no olvides vuestro trato.
Las piernas me fallaron y caí al suelo sobre mis rodillas. ¿Es que iba a tener que soportar esto más veces? Cuando el guardia se hubo marchado Annie soltó la pala y se acercó a mí corriendo.
-¿Qué ha pasado Dulce? ¿Qué te ha hecho?
Yo negué con la cabeza pero empecé a llorar otra vez.
Ella se arrodillo en frente de mí.
-¿No te habrá… -no pudo terminar la frase. –Oh dios Dulce… ven aquí. –Me dijo y me abrazo, yo le dejé abrazarme y apoye mi cabeza en su pecho mientras ella acariciaba mi cabeza. –No puede volver a hacerlo, no puede…
-Sí, sí que puede. –Le dije enderezándome. –Puede y lo va a volver a hacer, o si no te matara a ti, a mí y… -me quede callada. –Y a nuestra familia. –Mentí, aunque puede que tampoco fuera mentira.
-Ven. –Me dijo y me volvió a abrazar. Pasados menos de dos minutos nos levantamos y seguimos trabajando. Yo no podía parar de pensar en él, en ese cabrón. Me iba a vengar de él. Necesitaba vengarme de él. Pero no podía.

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