Deje el boli en el suelo y releí todo lo que había escrito.
Todo iba sobre Jack, como nos conocimos, lo guapo que era, ese beso… Me levanté
del suelo e intenté ordenar mis pensamientos, había venido aquí para intentar
olvidarme de mi padre y había acabado pensando en Jack.
Oí unos pasos y unas ramas romperse detrás de mí. Lo primero que me vino a la cabeza fue Jack corriendo escapando de la policía, aún no había averiguado a que se refería Jack con eso de solucionar la crisis, pero fuese lo que fuese, todavía no se había puesto en práctica.
Oí unos pasos y unas ramas romperse detrás de mí. Lo primero que me vino a la cabeza fue Jack corriendo escapando de la policía, aún no había averiguado a que se refería Jack con eso de solucionar la crisis, pero fuese lo que fuese, todavía no se había puesto en práctica.
-¡Jack! –grité acercándome a los arbustos pero enseguida me
paré y desee no haber gritado. ¿Y si era un policía que me había seguido?
Intenté deshacer mis pasos pero una figura esbelta salió del arbusto
sonriéndome de medio lado. Una cosa estaba clara, no era un policía. Su cara me
resultaba familiar, pero no sabía muy bien de qué, entonces me acordé. Era el
chico del parque, el del balón. Me quedé quieta sin saber que decir ni que
hacer ¿me había seguido?
-Ho-hola –dijo el chico saliendo con dificultad del arbusto.
Yo no contesté, me limite a analizarle. Tenía las mejillas
levemente rojas y los ojos le brillaban.
-No te asustes por favor –me dijo antes de que saliera
corriendo. –Me llamo Iban.
Yo seguí sin hablar. La última vez que había hablado con un
chico aquí había acabado muerto.
-¿Qué quieres? –le dije echándome para atrás.
-Bueno… la verdad es que no lo sé. Te seguí desde el parque
porque se te calló esto –dijo mientras me tendía un paquete con carne del día.
Yo sabía que no se me había caído, la verdad es que no recuerdo la última vez
que había tenido carne del día, bien cerrada en mis manos, pero la cogí igualmente.
–Iba a dártela antes pero…
-No pasa nada –le dije sonriendo. La carne me había puesto
de buen humor, hoy íbamos a comer bien mi madre y yo. –Yo soy Dulce –le dije
mientras alargaba la mano.
Él se quedó extrañado y me la apretó.
-Siento mi confusión, normalmente cuando conocemos a alguien
nuevo si es chica le damos dos besos, los apretones son para los hombres.
-No te aconsejo que te acerques demasiado a mí. Hace días
que no me ducho. –Le dije avergonzada, pero a la vez intentando librarme de él.
-Si quieres puedes ducharte en mi casa, tenemos… tenemos
agua caliente y eso. –Noté como su mirada estaba cargada de pena.
-No gracias, no querría molestar.
-No enserio, no es molestia. A mi madre le encanta ayudar a
los… -se le quebró la voz. –Esto… a la gente con problemas… -dijo mirándose a
los pies.
-Pobres, puedes decirlo.
Me miró y al ver mi sonrisa se tranquilizó un poco.
-Bueno, pues… eso que a mi madre le gusta hacer ese tipo de
cosas y a mí también. A mi padre no le hace mucha gracia pero está de viaje. También
puedes comer algo, estas muy delgada.
Iba a volver a rechazar la proposición pero entonces me
acorde de mi madre, de Annie y de su abuela. Yo a ese chico no iba a volver a
verle y a nosotros una comida en caliente nos vendría muy bien… Pero que dices
Dulce, eso sería aprovecharse demasiado.
AL ver mi indecisión pareció leerme la mente.
-Puedes traer a tu amiga con la que ibas antes y a vuestros
padres. Lo he hablado con mi madre y no le importa, es más, le parece genial.
Eso me animo un poco más, pero no quería causar demasiadas
molestias.
-No se… no querríamos molestar…
-Que sí, no se hable más. –Me dijo acercándose a mí un poco más
y sonriendo.
-Bueno pues… muchísimas gracias. –Le dije sin poder ocultar
mi felicidad. Una ducha como dios manda y comida caliente… no podía esperar.
Bajamos al pueblo en silencio, ninguno de los dos hablaba
pero notaba como Iban no dejaba de mirarme cada dos segundos ¿o serian mis
imaginaciones?
Nos dirigimos a la parte del pueblo donde vivíamos los de
recursos limitados, pobres.
-No hace falta que me acompañes si no quieres, igual te
quedas por el camino –le dije con una sonrisa de medio lado. No estaría
acostumbrado a tanta suciedad y a un olor tan fuerte y cargado.
-No, no me importa.
-Como quieras –dije levantando los hombros.
Empezamos a andar por las calles llenas de orina y suciedad.
Yo casi no lo notaba ya, estaba acostumbrada pero aun así la diferencia entre
el monte y el pueblo era enorme y se notaba mucho. Si yo lo notaba no quería ni
pensar en cómo le estaría yendo a Iban. Por sus gestos pude ver que no lo
estaba pasando muy bien.
Llegamos a mi casa y nada más abrir la puerta el olor a moho
nos golpeó en la cara.
-Lo siento… -dije intentando disculparme avergonzada, pero él
me sonrió y puso la mejor cara que fue capaz. Yo le agradecí el gesto.
Fui hasta mi cuarto y me encontré a mi madre en la misma
posición en la que le había dejado, leyendo el libro, ya casi lo había
terminado.
-Mama, este chico tan simpático y su madre nos han invitado
a comer a su casa. –Le dije mientras miraba a Iban quien se había quedado en la
puerta del cuarto intentando no mirar.
-¿En serio? Ven jovencito –le dijo a Iban, quien se acercó a
ella despacio. -¿Cómo te llamas? –le preguntó.
-Soy Iban señora. Mi madre se llama Azucena.
-Pues encantada. Muchas gracias por la invitación, no sabes
que feliz nos haces.
Él sonrió encantado.
-¿Me ayudáis a sentarme en la silla? –nos preguntó. Los dos
asentimos y la levantamos con cuidado y luego la dejamos en una silla de ruedas
que una de los médicos que le habían atendido cuando el accidente nos regaló.
-Ahora tenemos que ir a por Annie y su abuela. –Le die a
Iban. Fui arrastrando la silla y antes de cerrar la puerta me despedí de los
inquilinos, quienes nos miraban con envidia.
Una vez hubimos recogido a Annie y a su abuela Rosa, Iban
nos llevó hasta su casa. En el trayecto le conté todo lo que había ocurrido a
Annie mientras que Rosa conversaba alegremente con Iban.
-Me parece que tu abuela se ha enamorado –le dije riendo.
-Lo que me preocupa no es que se enamore ella.
Yo hice como si no capte la indirecta y nos quedamos en
silencio.
Cuando llegamos a la casa, después de haber andado unos 15
minutos, nos quedamos asombrados, era una casa preciosa, no era un palacio,
pero comparada con nuestra casa o cualquier casa del lado sur era una
maravilla.
Azucena e Iban eran de clase media alta, su padre se había
ido de viaje, pero cuando Azucena nos contó la historia percibí que iba a ser
un viaje muy largo y que no iba a volver por aquí, seguramente Iban no lo
supiera. Nos contaron que tenía una hermana de 18 años que estaba en la
universidad, en Madrid.
Mientras Azucena preparaba la cena con ayuda de Rosa y mientras hablaban con mi madre Iban nos enseñó a mí y a Annie la casa. Luego fue a el cuarto de baño.
Mientras Azucena preparaba la cena con ayuda de Rosa y mientras hablaban con mi madre Iban nos enseñó a mí y a Annie la casa. Luego fue a el cuarto de baño.
-Si queréis ducharos… -dijo incomodo, se notaba que no sabía
cómo tratar con pobres. –Bueno, no digo que os haga falta, pero que estaría
bien. No por nada en concreto, sin más, como tu antes me has dicho eso de que hacía
mucho que no te duchabas y eso…
Yo no pude reprimir una carcajada y Annie se unió a mí. Iban
sonrió, bastante incómodo y luego me miró a los ojos.
-Os puedo dejar ropa de mi hermana, a ella no le importará y
no se así os sentís más limpias… que no estoy diciendo que- antes de que
pudiera meter más la pata le interrumpí riendo.
-Lo hemos entendido Iban. ¿Vas tu primero Annie?
-Claro –dijo está sonriendo. Una ducha con agua caliente no
era algo muy común y mucho menos ropa limpia y casi nueva.
Iban nos condujo al cuarto de su hermana Teresa y saco dos
vestidos de unas cajas.
-Son lo único que os quedará bien –dijo entregándonoslo.
Annie sonrió satisfecha y se metió en el baño.
Iban me condujo hasta su cuarto para esperar hasta que Annie
terminara de ducharse.
Al entrar me quedé fascinada. Tenía las paredes llenas de estanterías con libros y una bola del mundo que me pareció fascinante, también vi una mochila y unos libros encima de la mesa.
Al entrar me quedé fascinada. Tenía las paredes llenas de estanterías con libros y una bola del mundo que me pareció fascinante, también vi una mochila y unos libros encima de la mesa.
-Primero de bachiller –dije leyendo en voz alta. –Historia.
Luego me giré para mirarlo.
-Tenéis una suerte pudiendo estudiar. –Dije yendo hacia la
bola del mundo y girándola, intentando memorizar todos los países que podía.
-A muchos no se lo parece, a mí no me importa.
-¿Sacas buenas notas? –le pregunté sin parar de fisgonear
por todo su cuarto.
-Ochos y nueves –dijo orgulloso de sí mismo.
Yo me gire intentando adivinar si eso era bueno o malo.
-10 es la nota más alta, 0 la más baja. Un nueve está muy
bien y un ocho también, un siente no está mal, y un 6 sigue siendo aprobado al
igual que un cinco, pero si tienes más bajo que un cinco suspendes.
-Entonces tú vas muy bien –dije sonriendo. -¿Qué quieres ser
de mayor? –le pregunté esta vez girándome para mirarle a la cara.
-No lo sé, puede que médico o algo por el estilo.
-Te pega.
-¿Tu que querrías ser si tuvieras la oportunidad?
No dudé en la respuesta.
-Escritora. –Una sonrisa asomó de sus labios.
-¿Lo que escribías antes en el valle era un cuento?
-No, no exactamente, era algo que me sucedió de verdad.
–Dije sonrojándome ligeramente.
-¿Me dejas leerlo? –Me pregunto. Dude un poco, no me apetecía
enseñárselo, pero me iba a dar de comer y me iba a dejar ducharme en su casa,
asique al final acepte.
Le tendí las hojas que tenía escondidas debajo de la
camiseta. Él se sentó en la cama y empezó a leer mientras yo ojeaba todos los
libros que era capaz. Al final saque uno bastante gordo y lo sostuve entre mis
manos, leyendo el pequeño resumen que tenía detrás.
-¿Has vuelto a besar a alguien? –me preguntó de repente. Le
miré y me sonrojo ligeramente.
-No.
-¿Cuántos años tienes? –me dijo dejando los papeles en su
mesilla y mirándome.
-16.
-¿Cuántos años tenías cuando paso esto? –me preguntó curioso.
Me estaba empezando a cabrear con tanta pregunta.
-14.
-¿Y él?
-¿A caso te importa?
-Eh no… no quería ofenderte ni nada… -me di cuenta de que me
había pasado asique me relaje un poco, el solo quería entender mejor la
historia.
-17.
El soltó un silbido.
-Bastante diferencia de edad. –Dijo sonriendo de medio lado.
-La edad solo es un número. –Dije intentando no alterarme
-Lo sé –dijo sonriendo tímidamente. –Ahora tendría 19 años.
-Muy hábil. –le dije con la voz seca.
-¿Por qué te pones a la defensiva? –me preguntó extrañado.
-¿Qué por qué? Acabas de leer una historia donde un chico de
17 años muere por unos disparos de unos policías sin haber hecho nada y lo
único que te preocupa es si me he besado con él y su edad. –Tras decir esto los
ojos se me llenaron de lágrimas pero me esforcé por no llorar.
Vi como agachaba la cabeza y me sentí mal por haberle hecho
sentir culpable por algo que él no había hecho. En realidad yo estaba enfadada
con esos policías, no con Iban.
-Lo siento. –Dije mientras me acercaba a él. –No quería que
te sintieras mal.
El levantó la cabeza y sonrió de medio lado.
-No, lo siento yo, tenía que haber tenido un poco más de
tacto.
Ambos sonreímos y tras unos segundos entró Annie. Parecía
nueva, con un vestido precioso y hasta otro color de piel. Estaba preciosa. Los
tirabuzones negros estaban más marcados y más bonitos y olía a coco y a limpio.
No podía aguantar más y salí corriendo hasta el baño, so sin antes regalarle a
Iban una gran sonrisa.
Cerré la puerta detrás de mí y me quité la ropa lo más rápido que pude. Abrí el grifo y me metí dentro. El agua estaba caliente y el roce de ella contra mi piel me hacía sentir bien. Me quedé un rato debajo del chorro mientras con un champú que olía increíblemente bien me deshacía de toda la suciedad que había acumulado mi pelo. Salí de la ducha y me enrolle con una toalla. Me sentía como nueva. Me seque el cuerpo rápido y me puse el vestido. Deje el pelo que se secara en el aire mientras aprovechaba de este momento de felicidad y libertad plena.
Cerré la puerta detrás de mí y me quité la ropa lo más rápido que pude. Abrí el grifo y me metí dentro. El agua estaba caliente y el roce de ella contra mi piel me hacía sentir bien. Me quedé un rato debajo del chorro mientras con un champú que olía increíblemente bien me deshacía de toda la suciedad que había acumulado mi pelo. Salí de la ducha y me enrolle con una toalla. Me sentía como nueva. Me seque el cuerpo rápido y me puse el vestido. Deje el pelo que se secara en el aire mientras aprovechaba de este momento de felicidad y libertad plena.
Salí del baño y baje las escaleras. En el comedor estaban
todos esperándome, cuando llegué todos se quedaron callados y sonriendo un
momento.
-Estas preciosa cariño –me dijo mi madre, quien también
lucía un vestido y estaba limpia, al igual que Rosa.
-Estáis todas maravillosas –dijo Azucena y comenzamos a
comer.
Había de todo, desde carne de buena calidad hasta pescado.
Había sopa, ensalada y gambas. El agua sabia deliciosa, ni punto de comparación
con la que bebíamos nosotros. De postre
nos dio Azucena fresas con nata y tarta de fresa.
-No recuerdo haber comido tan bien en toda mi vida –Dijo
Rosa cuando se hubo terminado la tarta. –Muchísimas gracias Azucena, que Dios
te lo bendiga.
Azucena sonrió feliz de estar compartiendo una comida con
gente que de verdad lo necesitaba, hacer feliz a otras personas es una
sensación increíble, te llena de felicidad y de una paz interior asombrosa.
Creo que es la mejor sensación del mundo.
Creo que es la mejor sensación del mundo.
Mientras conversábamos sin parar de todo tipo de cosas un
trueno iluminó la calle y acto seguido comenzó a llover fuertemente.
-Con lo bien que iba la noche –dijo mi madre.
-Os vais a chirriar y os vais a coger una pulmonía –dijo
Azucena hablando para sí misma. -¿Por qué no os quedáis a dormir aquí? –Dijo
sonriendo.
-No, eso sí que no –dijo mi madre –ya sería demasiado
abusar.
-No, por supuesto que no. El cuarto de mi hijo tiene dos
camas, el de mi hija otras dos y el mío otras dos.
-No, enserio. Muchísimas gracias por todo pero ya es
demasiado… -empezó a decir Rosa.
-No, no, no. No voy a permitir que mis invitados se mojen.
Tu Rosa duermes con tu nieta Annie en la cama de mi hija. Amanda tu duermes
conmigo y Dulce, si no te importa, tu duermes con mi hijo. No acepto un no por
respuesta.
-Pero es que mañana tenemos que ir a trabajar nosotras dos a
las minas y tenemos que despertarnos pronto –dije señalando a Annie. Ella asintió.
-¿Trabajáis en las minas? Pensaba que solo trabajaban los
hombres. –Dijo ella con asombro.
-Sí, y normalmente son los hombres los que trabajan, pero
como en nuestra familia no hay hombres y mi madre y su abuela no pueden
trabajar, tenemos que hacerlo nosotras.
Azucena e Iban nos miraron con compasión y a la vez con
asombro.
-Bueno, de todos modos eso no es problema, la mina esta más
cerca de aquí que de vuestra casa –Dijo Iban sin dejar de mirarme. En eso tenía
razón, pero aún así me parecía una situación incómoda.
-Pues no se hable más –dijo Azucena –Hoy pasáis la noche
aquí. –Y tras decir esto se dirigió a la cocina con platos en las manos para
recoger. Todos menos mi madre, quien no podía por razones obvias, le ayudamos a
recoger y luego nos despedimos para ir a dormir. Yo subí detrás de Iban a su
cuarto, no me convencía la idea de dormir con él, la verdad.
-Duerme tú en la cama –me dijo una vez hubimos llegado. –Yo
duermo en el suelo con estas mantas –dijo mientras colocaba un montón de mantas
en el suelo.
-¿Qué? De ninguna manera, yo duermo en el suelo. ¿No había
dicho tu madre que tenías dos camas?
-Sí, pero están pegadas, ¿ves? –dijo mientras destapaba la
colcha de la cama que en realidad eran dos.
-¿Y no se puede despegar?
-No, están agarradas por dos ganchos, hace falta
herramientas para separarlo, mi padre lo puso así, uno de sus inventos –dijo
mientras sonreía y me dieron ganas de llorar, ni siquiera sabía que su padre se
había ido para no volver.
-Iban… -le dije mientras colocaba un cojín en el suelo. -¿Tú
crees que tu padre va a volver?
El me miró sin entenderme.
-Claro, ¿Por qué no debería?
Una alarma dentro de mí se encendió, y me aviso de que era
mejor dejar ese tema.
-Sin más. ¿Hace cuánto se fue?
-5 meses. Está en un viaje muy importante. –Me dijo con una
sonrisa en la boca.
-Claro –le dije yo devolviéndole la sonrisa, luego me
acerque al montón de mantas y cojines y lo miré divertida. –Ya duermo yo ahí
anda.
El negó con la cabeza.
-Aquí duermo yo.
-No, esta es tu casa y esta es tu cama.
-Pero yo te la presto a ti.
Yo sonreí y me dirigí a la cama.
-Pues nos metemos los dos, pero tú en el suelo no vas a
dormir, faltaría más.
Me miró incrédulo y se enrojeció ligeramente, luego se acercó
a la cama y espero hasta que yo estuviera dentro para meterse.
-¿Necesitas el despertador? –Me preguntó.
Yo me giré en la cama para quedar cara a cara con él.
´-No hace falta, siempre me despierto a la hora.
Él sonrió y se colocó sobre los hombros, luego se hecho para
adelante y apagó la luz de la mesilla, tocándome el brazo con su mano. Este
contacto me dio un escalofrió y me giré, pensando que aún en la oscuridad él
podía ver mis mejillas rosadas, y el contacto con su piel me recordó a Jack.
Una lagrima traicionera escapo de mi ojo y callo sobre la almohada.
-Menos mal que me he dado la vuelta –pensé. Pero enseguida
Jack volvió a ocupar todos mis pensamientos, y así, pensando en el me quede
dormida y soñé que volvía a verlo, que volvía a tocarlo, a besarlo, que volvía
a sonrojarme con sus palabras, soñé con ese beso que se repetía en mi cabeza
cada momento que pensaba en él. Soñé con su risa y con su dentadura blanca y
con su pelo moreno sobre sus ojos. Soñé que le volvía a limpiar las heridas y
que le besaba todos y cada uno de los moratones, y que con solo un beso se iban
curando, pero todo esos sueños bonitos se esfumaron y mis sueños se llenaron de
escopetas, de tiros, de gritos. Veía a Jack riendo y luego inmóvil en el suelo,
con una sonrisa amarga pintada en el rostro.
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