sábado, 19 de enero de 2013

5.CAMAS JUNTAS



Deje el boli en el suelo y releí todo lo que había escrito. Todo iba sobre Jack, como nos conocimos, lo guapo que era, ese beso… Me levanté del suelo e intenté ordenar mis pensamientos, había venido aquí para intentar olvidarme de mi padre y había acabado pensando en Jack.
Oí unos pasos y unas ramas romperse detrás de mí. Lo primero que me vino a la cabeza fue Jack corriendo escapando de la policía, aún no había averiguado a que se refería Jack con eso de solucionar la crisis, pero fuese lo que fuese, todavía no se había puesto en práctica.
-¡Jack! –grité acercándome a los arbustos pero enseguida me paré y desee no haber gritado. ¿Y si era un policía que me había seguido? Intenté deshacer mis pasos pero una figura esbelta salió del arbusto sonriéndome de medio lado. Una cosa estaba clara, no era un policía. Su cara me resultaba familiar, pero no sabía muy bien de qué, entonces me acordé. Era el chico del parque, el del balón. Me quedé quieta sin saber que decir ni que hacer ¿me había seguido?
-Ho-hola –dijo el chico saliendo con dificultad del arbusto.
Yo no contesté, me limite a analizarle. Tenía las mejillas levemente rojas y los ojos le brillaban.
-No te asustes por favor –me dijo antes de que saliera corriendo. –Me llamo Iban.
Yo seguí sin hablar. La última vez que había hablado con un chico aquí había acabado muerto.
-¿Qué quieres? –le dije echándome para atrás.
-Bueno… la verdad es que no lo sé. Te seguí desde el parque porque se te calló esto –dijo mientras me tendía un paquete con carne del día. Yo sabía que no se me había caído, la verdad es que no recuerdo la última vez que había tenido carne del día, bien cerrada en mis manos, pero la cogí igualmente. –Iba a dártela antes pero…
-No pasa nada –le dije sonriendo. La carne me había puesto de buen humor, hoy íbamos a comer bien mi madre y yo. –Yo soy Dulce –le dije mientras alargaba la mano.
Él se quedó extrañado y me la apretó.
-Siento mi confusión, normalmente cuando conocemos a alguien nuevo si es chica le damos dos besos, los apretones son para los hombres.
-No te aconsejo que te acerques demasiado a mí. Hace días que no me ducho. –Le dije avergonzada, pero a la vez intentando librarme de él.
-Si quieres puedes ducharte en mi casa, tenemos… tenemos agua caliente y eso. –Noté como su mirada estaba cargada de pena.
-No gracias, no querría molestar.
-No enserio, no es molestia. A mi madre le encanta ayudar a los… -se le quebró la voz. –Esto… a la gente con problemas… -dijo mirándose a los pies.
-Pobres, puedes decirlo.
Me miró y al ver mi sonrisa se tranquilizó un poco.
-Bueno, pues… eso que a mi madre le gusta hacer ese tipo de cosas y a mí también. A mi padre no le hace mucha gracia pero está de viaje. También puedes comer algo, estas muy delgada.
Iba a volver a rechazar la proposición pero entonces me acorde de mi madre, de Annie y de su abuela. Yo a ese chico no iba a volver a verle y a nosotros una comida en caliente nos vendría muy bien… Pero que dices Dulce, eso sería aprovecharse demasiado.
AL ver mi indecisión pareció leerme la mente.
-Puedes traer a tu amiga con la que ibas antes y a vuestros padres. Lo he hablado con mi madre y no le importa, es más, le parece genial.
Eso me animo un poco más, pero no quería causar demasiadas molestias.
-No se… no querríamos molestar…
-Que sí, no se hable más. –Me dijo acercándose a mí un poco más y sonriendo.
-Bueno pues… muchísimas gracias. –Le dije sin poder ocultar mi felicidad. Una ducha como dios manda y comida caliente… no podía esperar.
Bajamos al pueblo en silencio, ninguno de los dos hablaba pero notaba como Iban no dejaba de mirarme cada dos segundos ¿o serian mis imaginaciones?
Nos dirigimos a la parte del pueblo donde vivíamos los de recursos limitados, pobres.
-No hace falta que me acompañes si no quieres, igual te quedas por el camino –le dije con una sonrisa de medio lado. No estaría acostumbrado a tanta suciedad y a un olor tan fuerte y cargado.
-No, no me importa.
-Como quieras –dije levantando los hombros.
Empezamos a andar por las calles llenas de orina y suciedad. Yo casi no lo notaba ya, estaba acostumbrada pero aun así la diferencia entre el monte y el pueblo era enorme y se notaba mucho. Si yo lo notaba no quería ni pensar en cómo le estaría yendo a Iban. Por sus gestos pude ver que no lo estaba pasando muy bien.
Llegamos a mi casa y nada más abrir la puerta el olor a moho nos golpeó en la cara.
-Lo siento… -dije intentando disculparme avergonzada, pero él me sonrió y puso la mejor cara que fue capaz. Yo le agradecí el gesto.
Fui hasta mi cuarto y me encontré a mi madre en la misma posición en la que le había dejado, leyendo el libro, ya casi lo había terminado.
-Mama, este chico tan simpático y su madre nos han invitado a comer a su casa. –Le dije mientras miraba a Iban quien se había quedado en la puerta del cuarto intentando no mirar.
-¿En serio? Ven jovencito –le dijo a Iban, quien se acercó a ella despacio. -¿Cómo te llamas? –le preguntó.
-Soy Iban señora. Mi madre se llama Azucena.
-Pues encantada. Muchas gracias por la invitación, no sabes que feliz nos haces.
Él sonrió encantado.
-¿Me ayudáis a sentarme en la silla? –nos preguntó. Los dos asentimos y la levantamos con cuidado y luego la dejamos en una silla de ruedas que una de los médicos que le habían atendido cuando el accidente nos regaló.
-Ahora tenemos que ir a por Annie y su abuela. –Le die a Iban. Fui arrastrando la silla y antes de cerrar la puerta me despedí de los inquilinos, quienes nos miraban con envidia.
Una vez hubimos recogido a Annie y a su abuela Rosa, Iban nos llevó hasta su casa. En el trayecto le conté todo lo que había ocurrido a Annie mientras que Rosa conversaba alegremente con Iban.
-Me parece que tu abuela se ha enamorado –le dije riendo.
-Lo que me preocupa no es que se enamore ella.
Yo hice como si no capte la indirecta y nos quedamos en silencio.
Cuando llegamos a la casa, después de haber andado unos 15 minutos, nos quedamos asombrados, era una casa preciosa, no era un palacio, pero comparada con nuestra casa o cualquier casa del lado sur era una maravilla.
Azucena e Iban eran de clase media alta, su padre se había ido de viaje, pero cuando Azucena nos contó la historia percibí que iba a ser un viaje muy largo y que no iba a volver por aquí, seguramente Iban no lo supiera. Nos contaron que tenía una hermana de 18 años que estaba en la universidad, en Madrid.
Mientras Azucena preparaba la cena con ayuda de Rosa y mientras hablaban con mi madre Iban nos enseñó a mí y a Annie la casa. Luego fue a el cuarto de baño.
-Si queréis ducharos… -dijo incomodo, se notaba que no sabía cómo tratar con pobres. –Bueno, no digo que os haga falta, pero que estaría bien. No por nada en concreto, sin más, como tu antes me has dicho eso de que hacía mucho que no te duchabas y eso…
Yo no pude reprimir una carcajada y Annie se unió a mí. Iban sonrió, bastante incómodo y luego me miró a los ojos.
-Os puedo dejar ropa de mi hermana, a ella no le importará y no se así os sentís más limpias… que no estoy diciendo que- antes de que pudiera meter más la pata le interrumpí riendo.
-Lo hemos entendido Iban. ¿Vas tu primero Annie?
-Claro –dijo está sonriendo. Una ducha con agua caliente no era algo muy común y mucho menos ropa limpia y casi nueva.
Iban nos condujo al cuarto de su hermana Teresa y saco dos vestidos de unas cajas.
-Son lo único que os quedará bien –dijo entregándonoslo. Annie sonrió satisfecha y se metió en el baño.
Iban me condujo hasta su cuarto para esperar hasta que Annie terminara de ducharse.
Al entrar me quedé fascinada. Tenía las paredes llenas de estanterías con libros y una bola del mundo que me pareció fascinante, también vi una mochila y unos libros encima de la mesa.
-Primero de bachiller –dije leyendo en voz alta. –Historia.
Luego me giré para mirarlo.
-Tenéis una suerte pudiendo estudiar. –Dije yendo hacia la bola del mundo y girándola, intentando memorizar todos los países que podía.
-A muchos no se lo parece, a mí no me importa.
-¿Sacas buenas notas? –le pregunté sin parar de fisgonear por todo su cuarto.
-Ochos y nueves –dijo orgulloso de sí mismo.
Yo me gire intentando adivinar si eso era bueno o malo.
-10 es la nota más alta, 0 la más baja. Un nueve está muy bien y un ocho también, un siente no está mal, y un 6 sigue siendo aprobado al igual que un cinco, pero si tienes más bajo que un cinco suspendes.
-Entonces tú vas muy bien –dije sonriendo. -¿Qué quieres ser de mayor? –le pregunté esta vez girándome para mirarle a la cara.
-No lo sé, puede que médico o algo por el estilo.
-Te pega.
-¿Tu que querrías ser si tuvieras la oportunidad?
No dudé en la respuesta.
-Escritora. –Una sonrisa asomó de sus labios.
-¿Lo que escribías antes en el valle era un cuento?
-No, no exactamente, era algo que me sucedió de verdad. –Dije sonrojándome ligeramente.
-¿Me dejas leerlo? –Me pregunto. Dude un poco, no me apetecía enseñárselo, pero me iba a dar de comer y me iba a dejar ducharme en su casa, asique al final acepte.
Le tendí las hojas que tenía escondidas debajo de la camiseta. Él se sentó en la cama y empezó a leer mientras yo ojeaba todos los libros que era capaz. Al final saque uno bastante gordo y lo sostuve entre mis manos, leyendo el pequeño resumen que tenía detrás.
-¿Has vuelto a besar a alguien? –me preguntó de repente. Le miré y me sonrojo ligeramente.
-No.
-¿Cuántos años tienes? –me dijo dejando los papeles en su mesilla y mirándome.
-16.
-¿Cuántos años tenías cuando paso esto? –me preguntó curioso. Me estaba empezando a cabrear con tanta pregunta.
-14.
-¿Y él?
-¿A caso te importa?
-Eh no… no quería ofenderte ni nada… -me di cuenta de que me había pasado asique me relaje un poco, el solo quería entender mejor la historia.
-17.
El soltó un silbido.
-Bastante diferencia de edad. –Dijo sonriendo de medio lado.
-La edad solo es un número. –Dije intentando no alterarme
-Lo sé –dijo sonriendo tímidamente. –Ahora tendría 19 años.
-Muy hábil. –le dije con la voz seca.
-¿Por qué te pones a la defensiva? –me preguntó extrañado.
-¿Qué por qué? Acabas de leer una historia donde un chico de 17 años muere por unos disparos de unos policías sin haber hecho nada y lo único que te preocupa es si me he besado con él y su edad. –Tras decir esto los ojos se me llenaron de lágrimas pero me esforcé por no llorar.
Vi como agachaba la cabeza y me sentí mal por haberle hecho sentir culpable por algo que él no había hecho. En realidad yo estaba enfadada con esos policías, no con Iban.
-Lo siento. –Dije mientras me acercaba a él. –No quería que te sintieras mal.
El levantó la cabeza y sonrió de medio lado.
-No, lo siento yo, tenía que haber tenido un poco más de tacto.
Ambos sonreímos y tras unos segundos entró Annie. Parecía nueva, con un vestido precioso y hasta otro color de piel. Estaba preciosa. Los tirabuzones negros estaban más marcados y más bonitos y olía a coco y a limpio. No podía aguantar más y salí corriendo hasta el baño, so sin antes regalarle a Iban una gran sonrisa.
Cerré la puerta detrás de mí y me quité la ropa lo más rápido que pude. Abrí el grifo y me metí dentro. El agua estaba caliente y el roce de ella contra mi piel me hacía sentir bien. Me quedé un rato debajo del chorro mientras con un champú que olía increíblemente bien me deshacía de toda la suciedad que había acumulado mi pelo. Salí de la ducha y me enrolle con una toalla. Me sentía como nueva. Me seque el cuerpo rápido y me puse el vestido. Deje el pelo que se secara en el aire mientras aprovechaba de este momento de felicidad y libertad plena.
Salí del baño y baje las escaleras. En el comedor estaban todos esperándome, cuando llegué todos se quedaron callados y sonriendo un momento.
-Estas preciosa cariño –me dijo mi madre, quien también lucía un vestido y estaba limpia, al igual que Rosa.
-Estáis todas maravillosas –dijo Azucena y comenzamos a comer.
Había de todo, desde carne de buena calidad hasta pescado. Había sopa, ensalada y gambas. El agua sabia deliciosa, ni punto de comparación con la que bebíamos nosotros.  De postre nos dio Azucena fresas con nata y tarta de fresa.
-No recuerdo haber comido tan bien en toda mi vida –Dijo Rosa cuando se hubo terminado la tarta. –Muchísimas gracias Azucena, que Dios te lo bendiga.
Azucena sonrió feliz de estar compartiendo una comida con gente que de verdad lo necesitaba, hacer feliz a otras personas es una sensación increíble, te llena de felicidad y de una paz interior asombrosa.
Creo que es la mejor sensación del mundo.
Mientras conversábamos sin parar de todo tipo de cosas un trueno iluminó la calle y acto seguido comenzó a llover fuertemente.
-Con lo bien que iba la noche –dijo mi madre.
-Os vais a chirriar y os vais a coger una pulmonía –dijo Azucena hablando para sí misma. -¿Por qué no os quedáis a dormir aquí? –Dijo sonriendo.
-No, eso sí que no –dijo mi madre –ya sería demasiado abusar.
-No, por supuesto que no. El cuarto de mi hijo tiene dos camas, el de mi hija otras dos y el mío otras dos.
-No, enserio. Muchísimas gracias por todo pero ya es demasiado… -empezó a decir Rosa.
-No, no, no. No voy a permitir que mis invitados se mojen. Tu Rosa duermes con tu nieta Annie en la cama de mi hija. Amanda tu duermes conmigo y Dulce, si no te importa, tu duermes con mi hijo. No acepto un no por respuesta.
-Pero es que mañana tenemos que ir a trabajar nosotras dos a las minas y tenemos que despertarnos pronto –dije señalando a Annie. Ella asintió.
-¿Trabajáis en las minas? Pensaba que solo trabajaban los hombres. –Dijo ella con asombro.
-Sí, y normalmente son los hombres los que trabajan, pero como en nuestra familia no hay hombres y mi madre y su abuela no pueden trabajar, tenemos que hacerlo nosotras.
Azucena e Iban nos miraron con compasión y a la vez con asombro.
-Bueno, de todos modos eso no es problema, la mina esta más cerca de aquí que de vuestra casa –Dijo Iban sin dejar de mirarme. En eso tenía razón, pero aún así me parecía una situación incómoda.
-Pues no se hable más –dijo Azucena –Hoy pasáis la noche aquí. –Y tras decir esto se dirigió a la cocina con platos en las manos para recoger. Todos menos mi madre, quien no podía por razones obvias, le ayudamos a recoger y luego nos despedimos para ir a dormir. Yo subí detrás de Iban a su cuarto, no me convencía la idea de dormir con él, la verdad.
-Duerme tú en la cama –me dijo una vez hubimos llegado. –Yo duermo en el suelo con estas mantas –dijo mientras colocaba un montón de mantas en el suelo.
-¿Qué? De ninguna manera, yo duermo en el suelo. ¿No había dicho tu madre que tenías dos camas?
-Sí, pero están pegadas, ¿ves? –dijo mientras destapaba la colcha de la cama que en realidad eran dos.
-¿Y no se puede despegar?
-No, están agarradas por dos ganchos, hace falta herramientas para separarlo, mi padre lo puso así, uno de sus inventos –dijo mientras sonreía y me dieron ganas de llorar, ni siquiera sabía que su padre se había ido para no volver.
-Iban… -le dije mientras colocaba un cojín en el suelo. -¿Tú crees que tu padre va a volver?
El me miró sin entenderme.
-Claro, ¿Por qué no debería?
Una alarma dentro de mí se encendió, y me aviso de que era mejor dejar ese tema.
-Sin más. ¿Hace cuánto se fue?
-5 meses. Está en un viaje muy importante. –Me dijo con una sonrisa en la boca.
-Claro –le dije yo devolviéndole la sonrisa, luego me acerque al montón de mantas y cojines y lo miré divertida. –Ya duermo yo ahí anda.
El negó con la cabeza.
-Aquí duermo yo.
-No, esta es tu casa y esta es tu cama.
-Pero yo te la presto a ti.
Yo sonreí y me dirigí a la cama.
-Pues nos metemos los dos, pero tú en el suelo no vas a dormir, faltaría más.
Me miró incrédulo y se enrojeció ligeramente, luego se acercó a la cama y espero hasta que yo estuviera dentro para meterse.
-¿Necesitas el despertador? –Me preguntó.
Yo me giré en la cama para quedar cara a cara con él.
´-No hace falta, siempre me despierto a la hora.
Él sonrió y se colocó sobre los hombros, luego se hecho para adelante y apagó la luz de la mesilla, tocándome el brazo con su mano. Este contacto me dio un escalofrió y me giré, pensando que aún en la oscuridad él podía ver mis mejillas rosadas, y el contacto con su piel me recordó a Jack. Una lagrima traicionera escapo de mi ojo y callo sobre la almohada.
-Menos mal que me he dado la vuelta –pensé. Pero enseguida Jack volvió a ocupar todos mis pensamientos, y así, pensando en el me quede dormida y soñé que volvía a verlo, que volvía a tocarlo, a besarlo, que volvía a sonrojarme con sus palabras, soñé con ese beso que se repetía en mi cabeza cada momento que pensaba en él. Soñé con su risa y con su dentadura blanca y con su pelo moreno sobre sus ojos. Soñé que le volvía a limpiar las heridas y que le besaba todos y cada uno de los moratones, y que con solo un beso se iban curando, pero todo esos sueños bonitos se esfumaron y mis sueños se llenaron de escopetas, de tiros, de gritos. Veía a Jack riendo y luego inmóvil en el suelo, con una sonrisa amarga pintada en el rostro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario