sábado, 12 de enero de 2013

3. MALOS PRESAGIOS.



Domingo, por fin. El único día que no trabajaba. ¿Las razones? Pues que Josep Peron, el dictador, era cristiano. A mí me daba igual lo que ese cabrón fuera, con tal de poder “descansar” un día era feliz.  Y digo “descansar” porque aunque no trabajara en las minas, tenía que dedicarme a otras tareas domésticas.
Me permití despertarme un poco más tarde y remolonear un poco en la cama, al final me  levanté a las 8 de la mañana. Había dormido bien, eso era lo único bueno de trabajar tanto, que luego la cama la cogías como un regalo divino.
-Mama… -susurré a mi madre mientras le empujaba un poco. No se despertó, preferí no insistir más. Estaba mejor dormida, así por lo menos no se pasaba toda el día compadeciéndose.
Me levanté con cuidado y prepare dos escasos desayunos. Uno lo guarde para mi madre y el otro me lo comí rápidamente, aunque quisiera no habría tardado mucho en terminármelo, era una miseria.
Con las tripas rugiéndome me fui a la calle, buscaría algo en las basuras antes de que nadie se me adelantara y puede que si tenía suerte alguien me diera algo de dinero por la calle.
Cuando llegué a los contenedores más cercanos a mi casa vi una silueta que rebuscaba entre la basura, me acerqué lentamente para no asustarle pero entonces reconocí unos tirabuzones negros que me resultaban muy familiares.
-Las manos arriba, esto es una inspección –Le dije medio gritando y poniendo la voz grabe. Ella pego un salto del susto y se cayó dentro del contenedor. No pude evitar soltar una carcajada.
Asomo su cabecita por el contenedor temblando y cuando me vio riéndome se levantó y salió.
-Joder Dulce, sabes que no me gustan estas bromas de mal gusto. Se me encoge el corazón.
-Los sustos son buenos –le dije sonriendo –aumenta el ritmo cardiaco y esto hace que tu corazón bombeé más sangre.
-¿Y tú como sabes eso? –dijo volviendo a meter la cabeza en el contenedor y sacando una bolsa con restos de pescado. No hubo repuesta por mi parte.
-¿Has vuelto a colarte en la escuela? –Me preguntó escandalizada tirando el pescado dentro del contenedor de nuevo.
-No, colarme no, no desde lo de la última vez. –Ella soltó un suspiro de alivio.
-¿Entonces? –me preguntó todavía bastante nerviosa y preocupada.
-Bueno, solo he puesto la oreja detrás de la puerta. –Al oírme negó con la cabeza.
-Sabes que no puedes hacer eso. Nosotros no podemos estudiar, tenemos que trabajar, y si te sobra tiempo para cotillear en la escuela puedes aprovecharlo para conseguir más dinero.
-Ya trabajo muchas horas seguidas. No me parece mal que cuando tengo un ratito me cuele y escuche a escondidas ¿Qué tiene de malo? Es cultura. Antes obligaban a los niños a estudiar. Tenían mucha suerte.
-Antes es antes y ahora es ahora –dijo desviando su mirada de mis ojos y volviendo a coger otra bolsa, la abrió y el rostro se le iluminó. Había conseguido algo comestible. –Además, antes a ellos no les parecía que eso fuera suerte, a la mayoría no les interesaba la escuela lo más mínimo.
No hablamos más del tema. Yo sabía que no iba a cambiar su forma de pensar, además, no iba del todo desencaminada. Mi madre me solía contar-antes de caer en esta horrible depresión- que cuando ella era joven la mayoría de chicos de su clase o de otras no querían ir a la escuela, ella en cambio sí. Yo no sé de qué grupo habría sido; si de los vagos que no querían estudiar, o de los que tenían interés en aprender cosas nuevas. Puede que ahora que casi nadie podía estudiar la idea de hacerlo me pareciera más atractiva, siempre he sido un poco rebelde.
Recogí unas cuantas cosas comestibles y luego me encaminé con Annie al lado hacia casa. En el trayecto pasamos por delante de un parque donde los niños –la mayoría estudiantes –jugaban tranquilamente sin ninguna preocupación. Mientras que la mayoría de ellos me miraban  con cara de asco y de pena yo sentía una envidia enorme por ellos.
Estaba tan abstraída que no me percaté de que un balón se acercaba a Annie y a mí. Miré para abajo y lo ví en mis pies, entonces un chico castaño de ojos verdes se acercó a nosotras lentamente. Me resultaba familiar, me parecía haberlo visto unas cuantas veces, seguramente cuando me colaba en la escuela. Creo que tenía 17 años, uno más que yo, pero no estaba del todo segura. Era atlético, tenía la espalda ancha y la camiseta pegada por el sudor hacia que se notaran los abdominales. Su cabello castaño y limpio y sus ojos verdosos le hacían ser bastante atractivo. Se acercó hasta quedar a escasos metros de nosotras, yo no podía despegar mi mirada de él, y él no podía despegarla de mí. Al principio noté como me sonrojaba, pensando en que le podía haber parecido tan atractiva como el me lo parecía a mí, pero enseguida descarte esa idea y volví a la realidad. Lo que él estaba viendo era una chica sucia y que apestaba, con el pelo graso y los ojos apagados, sin una chispa de vitalidad y unas cuantas bolsas de lo que para él sería basura mientras que para mí era mi comida de hoy.
Pensé que se reiría de mí, como la gran mayoría de personas de clase alta con las que me cruzaba, pero en vez de eso sonrió y me hizo una señal para que le pasara la pelota. Yo le dí una patada, intentando no caer al suelo y cuando la hubo recogido y se la lanzó a sus compañeros se giró de nuevo hacia mí.
-Gracias –me dijo antes de girarse y correr hacia su grupo. Muchos de sus amigos se habían quedado mirándome asqueados, y otros me miraban por encima del hombro, pero bueno, yo ya estaba acostumbrada a eso, en cambio, a que alguien me diera las gracias no.
Cuando conseguí serenarme vi como Annie me miraba preocupada.
-El no Dulce. No es como nosotras.
Yo hice como si no supiera de lo que estaba hablando y seguimos andando, pero en mi cabeza sonaba una y otra vez lo que me había dicho Annie; El no Dulce. No es como nosotras. La verdad es que Annie tenía razón, por desgracia la tenía.
Tardamos un cuarto de hora en llegar a casa de Annie. Me había convencido para que me pasara por allí y mirara a su abuela un poco, decía que igual yo había aprendido algo en la escuela que nos pudiera ser útil para saber que le pasaba, aunque yo sabía que no iba a ser suficiente y en el interior Annie también lo sabía.
-¿Abuela? –gritó Annie al entrar en el minúsculo piso en el que vivían.
Nadie contestó.
-¿Abuela? –volvió a preguntar.
Silencio de nuevo.
Noté como empezaba a acelerarse y a ponerse nerviosa. Se metió dentro de la casa mientras gritaba su nombre. No estaba en ninguna habitación, cuando iba a entrar al baño la puerta cerrada se lo impidió.
-¿Abuela estás ahí? –gritó mientras golpeaba la puerta.
-Eh tranquila –le dije cuando vi que estaba demasiado nerviosa.
Antes de que pudiera decir nada más oímos la puerta cerrarse. Annie salió corriendo y yo fui detrás de ella.
-Abuela –dijo Annie lanzándose a sus brazos –Te dije que no salieras sola.
-Cuidado con el camión, puede cambiaros la vida, puede destrozaros. –Dijo Rosa, la abuela de Annie mirándonos fijamente. Annie se despegó de ella despacio y se giró hacia mí.
-Ya empiezan los delirios –me dijo. Yo le sonreí de medio lado.
De repente Rosa empezó a hablar, con un tono de voz oscuro que no se parecía para nada al suyo.
-Cuando caiga la noche
volved rápido al hogar
Si caso no me hacéis,
vuestra vida peligrará.
Camiones con presas
que se disponen a mutilar
si no hacen lo que les ordenarán.
Una niña curiosa no lo podrá evitar
y a ese camión oscuro se acercará.
Noticias de media noche
 solo problemas traerán
a la familia de dos niñas
que quietas se deberían de quedar.
Después de decir esto se dio media vuelta y se metió en su cuarto.
Annie y yo nos quedamos un rato en silencio.
-Hoy estaba más alterada que nunca –dijo Annie hundiendo su cara en sus manos. –No aguanto más. Hay veces que me da mucho miedo.
Yo me acerqué a ella y la abrace. Es cierto que no me gustaban los abrazos, nunca me habían gustado demasiado, pero sabía cuándo alguien necesitaba uno, y no me costaba nada dárselo además, ella era mi mejor amiga.

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