-¡Vale, los del turno B tienen 5 minutos para almorzar! –gritó
uno de los que nos vigilaban.
Unas 20 personas incluyéndome a mí y a Annie salimos a la
superficie y sacamos unos bocatas. Todos eran hombres, de unos 14 a 30 años,
aunque los de 14 parecían tener 20. Todo el mundo se había vuelto un poco más
maduro, era normal porque si te lamentabas te morías. Así funcionaban las cosas
aquí.
-Cinco minutos es una miseria. Siempre me atraganto con el
bocadillo –se quejó uno de los hombres de 30 años. Era curioso, pues los
mayores eran los que más se quejaban.
-Confórmate con que nos dejan almorzar –le contesté yo sin ni
siquiera mirarle a la cara. No me hizo falta, pude notar su mirada clavada en
mí. Ese hombre me sacaba de mis casillas. Era el ser más quejica que conozco y
que conoceré, a todo le ponía pegas. Se llamaba Antón. Al cabo de los años no
me he quedado con “Antón el quejica” Sino con “Antón el hombre que me ayudo a
escapar” pero eso paso más adelante, bastante más adelante.
Terminamos de comer en silencio, más que nada porque si hablábamos
no nos terminábamos el bocadillo. Cuando acabe de comer mire hacia donde el
guardia reía con otros compañeros mientras comían una tarta, debía ser el
cumpleaños de alguno de ellos.
-Hace siglos que no pruebo una tarta. –Dije saboreándola en
la distancia como si me estuviera llevando un cacho de ella a mi boca.
Annie me miró y me sonrió, todavía le quedaba la mitad del
bocata y solo quedaban dos minutos para volver a entrar. Annie comía demasiado
despacio, nosotros no podíamos permitirnos tardar en nada, teníamos que correr,
hacer todo rápido, pero perfecto, o si no lo pagaríamos caro.
-Vamos Annie, date prisa o no te lo podrás terminar. –Le dije
preocupada, ella no me miró y acelero un poco. Yo sonreí satisfecha, con lo
delgada que estaba si no comía no aguantaría una jornada completa en la mina y necesitábamos
el dinero.
El guardia que antes nos había anunciado que era la hora del
almuerzo se acercó a nosotros resoplando
pues había tenido que dejar de celebrar el cumpleaños de su compañero.
-Vamos, adentro. –Dijo con un tono de voz cortante.
Todos obedecimos y tras tirar al suelo los papeles –cosa que
no me hace nada de gracia –nos metimos de nuevo en la mina. Bajamos por los
pasadizos y cogimos nuestras palas. No nos permitían hablar mientras trabajábamos.
Estoy segura de que si respirar no fuera crucial para sobrevivir tampoco nos dejarían
hacerlo, bueno, a no ser que les pagáramos con algo, todo costaba dinero, todo
menos la libertad.
Terminamos el trabajo a las 5 de la tarde, sin tener otro
descanso. Daba igual que llevara casi toda mi vida trabajando con los mismos
horarios, siempre acababa agotada y por si fuera poco luego en casa tenía que
preparar la comida. Alguna vez que había vuelto más cansada de lo normal a casa
y con más cansada me refiero casi muerta nuestros “compañeros” de piso nos
habían hecho la comida, pero como he mencionado antes, todo costaba algo y ese
algo era dinero, por eso no podía permitirme llegar cansada.
-Ya descansaremos cuando estemos muertos –solía repetirme mi
padre. Antes no lo entendía, pues solo era una niña, pero ahora eso me daba las
fuerzas para no derrumbarme.
El camino a casa fue como siempre, Annie miraba al suelo,
esquivando las miradas de los militares, yo les intentaba sostener la mirada,
no quería que supieran que les tenía miedo aunque eso me hiciera meterme en
problemas. Antes de llegar a casa entramos en una pequeña tienda donde comprábamos
un poco de comida por un módico precio, lo malo de esa comida era que aunque tuviera
un aspecto sano, era recogida de los contenedores de los supermercados que no se
habían cerrado por la crisis, aunque a estas alturas nadie hacia ascos a
ninguna comida.
La tendera nos saludó contenta de vernos. Cada día morían muchas
personas, normalmente niños, de un día a otro podías quedarte sin amigos por
culpa de alguna estúpida enfermedad para la que no teníamos la cura o por desnutrición.
Esas eran las principales causas de las muertes.
-¿Qué tienes de hoy Clara? –le pregunté en cuanto estuvimos a
su altura.
-Pues hoy nos han llegado estas pechugas de pollo caducadas
de ayer y estos yogures mal cerrados. –Me dijo sacando ambas cosas.
-¿Y cuánto cuesta? –Pregunté rebuscando en mi bolsillo.
-Los yogures 5 euros y la pechuga 15.
Levanté la cabeza y le sostuve la mirada un rato. No me
alcanzaba para ambas, y solo con una cosa no íbamos a comer hoy.
-¿Y qué tienes de otros días? –pregunté resoplando.
Ella sonrió y se hecho para un lado, enseñándome toda clase
de alimentos, unos en peor estado que otros. Yo y Annie nos acercamos y
observamos todos.
Al final Annie cogió un par de yogures de hacía 6 días que
estaban caducados por 3 euros –una ganga- y dos latas de sardinas que apestaban
desde lejos por 4 euros.
Yo opté por dos pechugas de 10 días y dos hogazas de pan. En
total me costó 10 euros.
Nos despedimos de Clara y salimos de la tienda que olía a
hongos y a putrefacción.
Acompañe a Annie a la puerta de su casa donde su abuela me
saludó y me dio dos ojas de lechuga que había encontrado plantadas por algún
lado. Luego me dirigí a mi casa, estaba cansada pero no tanto como para pagar a
mis compañeros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario